Hace unos días el mundo amaneció con la noticia de que Anne Carson, poeta canadiense, había ganado el Premio Nobel de Literatura 2026. Por parte de sus lectores, hubo una aceptación unánime. Resulta que la poeta chihuahuense, Jeannette L. Clariond, ha sido su traductora al español y quien la dio a conocer en América y en España, porque además, Jeannette ha construido una las más importantes casas editoras: Vaso roto.
Nadie como ella para decirnos quién es Anne Carson. Le dejo la palabra a Jeannette L. Clariond:
“Anne Carson es una mujer indefinible, callada, audaz observadora del mundo. La conocí a través de los estudios que realicé en la Universidad de Yale (1999-2006), bajo la guía de Harold Bloom. Ese año la empecé a traducir. Dada la complejidad del conjunto de diecisiete poetas estadounidenses contemporáneos, acompañados de los textos introductorios de Harold Bloom, tardé doce años en terminar el volumen en donde incluía parte de su obra. Allí me percaté de su peculiaridad. Le escribí, y sus respuestas, siempre cálidas, eran escuetas, económicas. Ella es así. Clásica. Responde con una pregunta, y al hacerlo te observa, bajo el deseo de ser captada. En nuestros primeros intercambios me recomendaba películas, exposiciones de arte, libros. Fui advirtiendo su sensibilidad finísima, y su fragilidad.
La altura de su obra está en lo que calla; pero también, por lo que alerta sobre la realidad. En ella se aplica el “darse cuenta”. Su poesía no nos deja estar en el mundo según lo que se dice y se hace por inercia. Anne es la voz que supo ver en Rosalía ese pseudomisticismo y alzarse. Eso la convierte en una voz necesaria. No porque lo ve, sino porque lo dice, y con altura. Es, digamos, una de las pocas voces coherentes de nuestro siglo. Y este modo de habitar la conciencia conlleva el precio de la angustia, lo que rompe las distracciones cotidianas y nos confronta con la propia finitud. Y eso se siente en su poesía. Ella es dueña de su voz, una que en ocasiones desconcierta, puesto que no sé de cierto si habla de ella, de Simone Weil, de Marilyn o Eloísa. Abelardo y Eloísa tienen su vida, histórica, mucho más real que cualquier personaje de escena o novela, pero en esa historia se filtra Carson con un lenguaje de ruptura, esto es, roto, como está ella en los vericuetos del amor. Al romperse el objeto del amor, nos vemos obligados a reflexionar conscientemente sobre él, o sobre el entorno que lo rodea. Esa ha sido la tarea de Anne Carson, ahora Premio Nobel de Literatura, que hace tiempo le tendría que haber llegado.
Durante su viaje a Monterrey, en abril de 2023, conversamos sobre sus traducciones. Sobre todo, de un poema de Alceo que aparece en “Cristal, ironía y Dios”. Yo insistía sobre cómo hacer para mantener el frescor en las versiones actuales de los clásicos. Su respuesta fue: “No es mi traducción; Alceo es fresco”. Ella los lee como quien se acerca a alguien conocido años atrás, pero con quien ha mantenido una relación cordial y próxima. Los entiende, los respeta, les deja hablar.
Hoy por la madrugada, al recibir la llamada de la Academia Sueca para notificarla sobre el Premio Nobel, le preguntaron si la tomaba por sorpresa. Respondió que estaba escuchando el viento. Evoco el cierre de uno de sus poemas que aparecen en “Decreación”: “Acaso fue Ovidio quien dijo, Tanto viento enmudece las piedras”. A eso me refiero: se acuesta con Safo y con Catulo, se levanta con Alceo y con Ovidio porque los lleva en la sangre, porque son sus interlocutores, y porque le han enseñado a mirar de un modo distinto el mundo. Esa mirada es la que ella nos ha entregado por casi seis décadas, con dignidad y altura irrefutables. Ella lo dice en otro verso: “Los milagros se escurren sin darnos cuenta”. Y esta distinción a su obra es un milagro que me produce una inmensa alegría: todos nos vemos beneficiados, y es lo que ella sin duda desea. No creo que pida más. Ese es su don. Esa es su Gracia”. Jeannette L. Clariond.