En 1955, Rudolf Flesch publicó en Estados Unidos el libro : ¿Por qué Juanito no puede leer? Denunciaba que un método de enseñanza mal elegido estaba dejando a muchos niños sin saber leer. Años después, el profesor William Kilpatrick retomó la idea con una pregunta más inquietante: ¿porqué Juanito no puede discernir entre el bien y el mal? Su respuesta es incómoda: no le hemos enseñado.
Kilpatrick recuerda una encuesta que se hizo a maestros en 1940 y que se repitió décadas después. La pregunta era: ¿qué problemas amenazan más a la escuela? En 1940 respondieron: hablar sin levantar la mano, mascar chicle, hacer ruido. Años después, la lista era otra: drogas, alcohol, embarazos, suicidios y violaciones. Algo cambió, y no fue para bien. Naturalmente saltan las preguntas ¿cuál es la amenaza hoy? ¿Los contenidos perniciosos a los que acceden a través del internet, celular, las redes sociales, sin dejar de lado las drogas?
Según el autor, a partir de los años sesenta muchas escuelas cambiaron de método: en vez de enseñar valores, el maestro solo debía ayudar a cada alumno a “aclarar” los suyos. Todo se discutía, nada se concluía y no había respuestas correctas ni incorrectas, relativismo puro. Se pensaba que, si el niño es bueno por naturaleza, basta con dejarlo crecer “como una planta”. Que cada quien decida pues.
El resultado fue lo que Kilpatrick llama analfabetismo moral: jóvenes que saben opinar de todo, pero no saben qué es una virtud. Aprendieron que lo “importante es no juzgar”, y por el camino perdieron la capacidad de distinguir lo bueno de lo malo.
Aquí está la idea central del libro: lo difícil en la moral no es razonar, sino hacer lo que ya sabemos que está bien. Todos sabemos que no hay que mentir, que hay que ayudar en casa o estudiar para el examen. El problema es que, a la hora de la verdad, nos falta fuerza de voluntad.
Por eso el autor propone volver a la educación del carácter: formar buenos hábitos, como la sinceridad, el servicio y el dominio de uno mismo, hasta que, interiorizados con el uso de la razón, se vuelvan una segunda naturaleza. Además, nadie es verdaderamente libre si es esclavo del alcohol, del celular o del capricho. Hace falta que el joven incorpore la virtud a su núcleo personal para que pueda elegir bien.
¿Cómo se forma el carácter? Kilpatrick insiste en algo que nuestras abuelas ya sabían: con historias. “Los niños aprenden más de un ejemplo que de un discurso”. Una buena historia nos pone en el lugar de otro, nos conmueve y nos muestra el camino. Los chicos no se preguntan tanto ¿quiero ser bueno?, sino ¿a quién quiero parecerme?
Por eso importa qué libros leen, qué películas ven y qué música escuchan. Platón advertía que ciertas músicas fomentan el desenfreno y otras la armonía. En la escuela, crear un ambiente de orden, respeto y disciplina, con reglas claras y buenos ejemplos. Para Kilpatrick, la mística de una escuela forma más que el plan de estudios.
En casa, el reto es mayor. El autor cita encuestas según las cuales los padres conversaban en serio con sus hijos unos minutos a la semana. Propone poner límites, pedir ayuda en las tareas del hogar, cuidar las buenas costumbres familiares, apagar un rato la televisión y leer juntos en voz alta.
Y no hay que creer ciertos mitos: que basta con “querer” a los hijos para que sean buenos, que los niños deben inventar sus propios valores o que los padres no tienen derecho a enseñarlos. Educar no es imponer: es formar la inteligencia y la voluntad de los hijos.
¿Basta, entonces, con buenos ejemplos y paciencia? No. Para discernir, se necesitan tres cosas. Primero, criterios claros: saber que el bien y el mal (moral) existen y no dependen de la opinión de cada quien. Segundo, virtudes: hábitos que fortalezcan su voluntad para hacer el bien aunque cueste. Tercero, modelos e historias que le muestren cómo se vive. Conocer el bien no basta: hay que amarlo y practicarlo.
Kilpatrick, W. (1995). ¿Por qué Juanito no puede discernir entre el bien y el mal? Analfabetismo moral y argumentos para la educación del carácter. Instituto de Fomento e Investigación Educativa.