La Secretaría de Educación y Deporte del Gobierno del Estado de Chihuahua inició una amplia consulta con académicos y expertos en Inteligencia Artificial, parta determinar, primero, el diagnóstico del uso de tecnologías avanzadas y, segundo, delinear estrategias a corto, mediano y largo plazos.

Se busca, primordialmente, que la IA se convierta en una herramienta en las aulas de todos los niveles educativos, y evitar que sea un sustituto en el pensamiento lógico, esencialmente de niños, niñas, adolescentes y jóvenes.

Y es que hay algo que debería preocuparnos más que la velocidad con la que avanza la inteligencia artificial: la velocidad con la que estamos dejando de hablarnos entre nosotros.

Hoy, un niño puede pasar horas conversando con una máquina, un adolescente puede confiarle sus secretos más íntimos a una aplicación y un joven puede buscar en una pantalla consejos sobre sus problemas sentimentales, sus angustias emocionales o hasta sus síntomas médicos.

Y mientras la tecnología responde con una paciencia aparentemente infinita, los adultos seguimos ocupados, distraídos o demasiado cansados para escuchar. ¿En qué momento una máquina comenzó a parecernos mejor compañía que un ser humano?

La inteligencia artificial llegó para quedarse. Negarlo sería tan absurdo. Puede ayudarnos a estudiar, investigar, trabajar, resolver problemas y acercarnos a conocimientos que antes parecían reservados para unos cuantos. El problema no es que exista, sino el uso que hacemos de ella y, sobre todo, el lugar que le estamos entregando en nuestras vidas.

Porque una cosa es utilizar la inteligencia artificial como herramienta y otra muy distinta convertirla en confidente, consejera, psicóloga improvisada y sustituta de los afectos que deberían encontrarse en casa.

Los adolescentes están creciendo en un mundo donde todo se consulta en una pantalla. Si tienen una duda, preguntan; si sienten tristeza, escriben; si atraviesan una decepción amorosa, buscan una respuesta inmediata. La máquina no los interrumpe, no les levanta la voz, no les recuerda sus errores ni les exige explicaciones incómodas. Parece comprenderlos, les responde a cualquier hora y, muchas veces, les ofrece palabras que desean escuchar.

Ahí está precisamente el riesgo. Un padre puede decirle a su hijo que está equivocado. Una madre puede advertirle que una decisión tendrá consecuencias. Un maestro puede exigirle responsabilidad. La inteligencia artificial, en cambio, puede convertirse en el refugio donde el joven busca confirmar lo que ya piensa, encontrar consuelo sin enfrentar la realidad o recibir una respuesta que le resulte agradable.

Una respuesta convincente no necesariamente es una respuesta correcta. Y una respuesta que nos hace sentir bien no siempre es la que necesitamos escuchar.

Pero sería demasiado fácil culpar a la tecnología de todos nuestros males. La inteligencia artificial no apareció un día para robarles los hijos a sus padres. Llegó a ocupar espacios que, en muchos hogares, ya estaban vacíos.

Los jóvenes no siempre quieren hablar, es cierto. Pero los adultos tampoco siempre queremos escuchar. Preguntamos cómo les fue en la escuela mientras revisamos el teléfono. Les exigimos que nos cuenten sus problemas, pero cuando comienzan a hacerlo, los interrumpimos con sermones.

Queremos hijos que confíen en nosotros, pero a veces les ofrecemos interrogatorios en lugar de conversaciones, castigos en lugar de comprensión y autoridad en lugar de orientación. Después nos sorprendemos cuando prefieren contarle sus problemas a una máquina.

Tal vez el adolescente no busca que una inteligencia artificial le resuelva la vida. Tal vez busca un espacio donde pueda hablar sin sentirse juzgado. Tal vez necesita formular preguntas que le avergüenza hacer frente a sus padres. O quizá simplemente quiere que alguien, aunque sea una pantalla, le preste atención.

La inteligencia artificial no es un juguete inofensivo por el simple hecho de aparecer en una pantalla. Tampoco es un monstruo al que debamos temerle sin comprenderlo. Es una tecnología poderosa que exige criterio, supervisión y responsabilidad, especialmente cuando quienes la utilizan todavía están formando su identidad y aprendiendo a manejar sus emociones.

No necesitamos una generación que renuncie a la tecnología. Necesitamos una generación que sepa utilizarla sin depender de ella para comprenderse a sí misma. Y necesitamos adultos capaces de apagar sus propias pantallas para mirar a los ojos de sus hijos.

El trabajo que está realizando la Secretaría de Educación de Chihuahua, de delinear con tino las directrices que debe tomar la IA en las comunidades escolares, puede convertirse en una política pública, dentro de poco. Al tiempo.