Suva, Fiyi.- Las autoridades de salud pública mundiales y los principales medios internacionales han encendido las alarmas ante la propagación del "bluetoothing" (también conocido como flashblooding o hotspotting). Esta peligrosa práctica consiste en que un consumidor de drogas inyectables extraiga su propia sangre cargada de sustancias para inyectársela directamente a otra persona. Impulsado por la extrema pobreza, el desabastecimiento de jeringas estériles y el encarecimiento de narcóticos como la heroína o las metanfetaminas, el fenómeno está provocando brotes incontrolables de VIH y hepatitis en diversas partes del mundo.

A pesar de que los científicos advierten que el método es ineficaz (ya que la cantidad de droga en el torrente sanguíneo es mínima o nula para generar un segundo efecto placentero), la desesperación por mitigar el síndrome de abstinencia ha convertido este mito urbano en una crisis de salud comunitaria.

El epicentro de la crisis: El colapso sanitario en Fiyi

Aunque la práctica se originó hace años en puntos específicos de África, el archipiélago de Fiyi, en Oceanía, se ha convertido en el caso de estudio más dramático y reciente. El país enfrenta una de las epidemias de VIH de más rápido crecimiento en el mundo.

Según reportes del servicio mundial de BBC News y la agencia BioBioChile, las nuevas infecciones anuales en Fiyi alcanzaron registros alarmantes de 2,016 nuevos casos hacia finales de 2025 e inicios de 2026, una cifra dieciséis veces mayor que la registrada en 2019. Actualmente, uno de cada 60 adultos en Fiyi vive con VIH, frente a uno de cada 167 que se reportaba hace apenas cinco años.

Las autoridades sanitarias locales declararon una crisis nacional de salud debido a que cerca del 48% al 50% de estos nuevos contagios están vinculados de forma directa al uso de drogas intravenosas y el bluetoothing. El fenómeno golpea con especial dureza a la población joven de entre 15 y 34 años.

La ruta global del "Bluetoothing": De África a Pakistán

La cobertura del diario The New York Times expone que el intercambio de sangre contaminada no se limita al Pacífico. La investigación periodística detalla escenarios críticos en otras regiones:

Sudáfrica y la epidemia del 'nyaope': En los suburbios sudafricanos, los adictos al nyaope (un cóctel callejero altamente adictivo de heroína de baja calidad y marihuana) recurren habitualmente a esta práctica. Un estudio citado por el periódico reveló que hasta un 18% de los consumidores inyectables muestreados admitieron haber practicado el bluetoothing.

El este de África: En países como Lesoto, Zimbabue y Tanzania (donde localmente llaman al método flashblood), agrupaciones de madres y activistas comunitarios luchan contra el consumo oculto en escuelas secundarias. La falta de herramientas de detección oportuna agrava la letalidad del brote.

Asia Meridional: Corresponsales de El Periódico en Karachi, Pakistán, han recopilado crónicas desgarradoras donde los consumidores compran jeringas usadas y ya infundidas con sangre ajena en el mercado negro por unos pocos centavos, bajo la consigna de "tenía el mono (abstinencia) y no me importaba".

Un reto invisible para la OMS y las ONG

La medición exacta del problema representa un desafío técnico gigantesco debido al profundo estigma social, legal y cultural que rodea al VIH y al consumo de drogas intravenosas, lo que genera que los pacientes oculten sus conductas por miedo a la discriminación.

Un informe de evaluación rápida de la Organización Mundial de la Salud (OMS) arrojó luz sobre esta opacidad: tras entrevistar de forma directa a 56 usuarios de drogas inyectables, solo dos reconocieron haber realizado la transferencia sanguínea y cuatro afirmaron haber sido testigos directos. Sin embargo, líderes comunitarios como Kalesi Volatabu, directora de la organización Drug Free Fiji, declararon a medios internacionales que la práctica ocurre de forma mucho más frecuente en entornos marginales fuera del alcance de los censos médicos.

Ante esta alarmante realidad, países afectados están modificando de urgencia sus marcos legales para introducir programas de intercambio de agujas y jeringas estériles e implementar terapias de sustitución de opioides con metadona, entendiendo que la persecución policial severa solo empuja a los adictos a seguir compartiendo su sangre en la clandestinidad.

Con información de agencias.