Dedicado, con un fraterno abrazo, a mi apreciado Ramón Álvaro Márquez Lico, hombre de sensibilidad profunda que sabe sobre la edad, el humanismo y la Navidad.
Llegamos a las fechas de cierre del año. Tal cual señalaba en mi colaboración previa, es sabido que para algunos estas fechas equivalen al “fin de semana anual”; se reciben, en ciertos casos, como un cierre de ciclo temporal que nos da asueto y recreo a unos, mientras que a otros los sumerge en el frenesí del consumo, en tareas autoimpuestas por excesivos compromisos, o en el trabajo obligado. Así, cada cual padece o disfruta lo que se da en llamar la temporada navideña.
La Navidad: origen y enigma
Más allá de la visión personal que cada quien conceda a este tiempo, su importancia debe ser reconocida, ya que su celebración data del siglo IV de nuestra era, cuando comenzó a conmemorarse la “natividad” de ese ser especial que poco más de una cuarta parte de la humanidad ha tomado como eje de su fe, aun desde credos tan diversos como las denominaciones religiosas existentes en el mundo.
Empero, hay para todos un elemento rector al autonombrarse cristianos, es decir, seguidores del Niño de Belén. Conviene ser precisos y señalar que no existe fecha veraz consignada en la Biblia ni en ninguna otra escritura conocida que declare la noche del 24 de diciembre como la real del natalicio. Hay quienes señalan incluso que esto no habría sido posible, toda vez que Judea, al estar en el hemisferio norte, presenta condiciones invernales en las que los pastores difícilmente estarían en descampado, sin pastos para sus animales, como refieren algunos relatos.
Sin embargo, las crónicas del Imperio romano, legado esencial del mundo occidental, señalan que, por decisión papal y en la búsqueda de conversos a la nueva fe, se estableció la celebración de la Navidad.
“La elección del 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús no tiene nada que ver con la Biblia, sino que fue una elección bastante consciente y explícita de usar el solsticio de invierno para simbolizar el papel de Cristo como la luz del mundo”, explicó a BBC Mundo Diarmaid MacCulloch, profesor de Historia de la Iglesia de la Universidad de Oxford.
El regalo de la Navidad
Una vez puntualizados estos aspectos del origen de la celebración —temas necesarios de valorar, discutir y entender—, no puede dejar de señalarse que el cristianismo es hoy una de las religiones que concita las voluntades de entre 2,400 y 2,500 millones de personas en el mundo, siendo una de las más grandes y difundidas del planeta.
Para todos quienes comparten la creencia en el Niño de Belén, el joven carpintero y Maestro de Maestros cuya natividad celebramos entre la noche del 24 y el día 25 de diciembre, vaya una felicitación sincera. Y digo felicidades porque, en un mundo que ha hecho de esta fiesta un frenesí de consumo, darnos tiempo para reflexionar sobre su presencia —mitad humana, por proceder de una mujer, y mitad divina, por ser llamado el Unigénito del Padre— es motivo de enhorabuena.
Jesús el Cristo es el eje que vertebra la vida de quienes desean llegar a Él, de quienes hacen de su modelo el referente para conducir la suya. Algunos le llaman una dádiva del Padre; yo estimo que es un modelo de vida único e irrepetible, pero también un referente para quienes se asumen como sus discípulos y buscan mejorar su existencia y darle un sentido de trascendencia.
ESE ES, A MI PARECER, EL VERDADERO REGALO DE LA NAVIDAD: TENER FE EN QUE ÉL VINO, VIVIÓ ENTRE LOS HOMBRES Y MURIÓ CON EL PROPÓSITO DE REDIMIR A LOS HIJOS DEL HOMBRE, PARA SER MERECEDORES DE UNA VIDA ETERNA CON ENTENDIMIENTO. PORQUE NO SOMOS CRIATURAS DE LA CIRCUNSTANCIA, Y NUESTRA VIDA COBRA SENTIDO CUANDO NOS ASUMIMOS COMO HIJOS DE DIOS.
EL PRIVILEGIO NO ES SOLO PASAR LA NAVIDAD, SINO REALMENTE VIVIRLA.
Sé que estos días serán para cada cual lo que haga de ellos. Podemos pasar el tiempo en el frenesí del consumo, corriendo de tienda en tienda hasta cubrir listas de regalos, o puede ser un tiempo de reflexión e interiorización, al recordar por qué y para qué, hace más de dos mil años, nuestro tiempo se dividió en el nacimiento de aquel pequeño Niño de Belén que llegó sin ostentaciones y, en la sencillez de un establo, mostró que la humildad es un valor esencial.
Creció de gracia en gracia como joven galileo y ofreció su vida no solo en la cruz, sino antes, en un ministerio de tres años en los que enseñó con parábolas, tocó vidas y corazones con su servicio, multiplicó panes y peces, guardó silencio ante la turba que deseaba lapidar a la mujer adúltera y perdonó. Con un modelo de vida único, nos mostró la senda: servir para trascender.
Y si pudiera compartir una llave maestra para disfrutar la Navidad y la vida, sería esta: servir. Alguien dijo: “El que da dinero da mucho; el que da tiempo da más; pero el que da de sí mismo lo da todo”.
Démonos a nosotros mismos en el servicio a nuestros semejantes; es dar más allá de los regalos.
Este tiempo de Navidad nos invita a una reflexión profunda sobre el sentido que damos a nuestra vida, a través de entender y atender la vida del Hijo de Dios, nuestro Maestro Jesucristo.