El de Emilia Pérez se me antoja un asunto más peliagudo, porque tuve que desdecirme de todas las idioteces previas —que a Dios gracias ni dije ni escribí (porque no la había visto), pero que sí pensé, cargado de prejuicios—; cosa nada extraña en mi rechoncha y oscura persona, pues quienes me conocen saben que así es como suelo ir por la vida: de hocicón e inconsecuente.
En fin, hay mucho qué decir de esta película.
Emilia Pérez es una propuesta completamente diferente que me gustó mucho, punto. Dirigida por Jacques Audiard, esta película narra la historia de un capo mexicano que, tras someterse a una cirugía de cambio de sexo, se convierte en “Emilia”, primero, para ser el ser que quiere ser (ando tremendo); y segundo, para escapar de la justicia. Con un elenco encabezado por Karla Sofía Gascón, una actriz trans, la película se presenta como un homenaje a la diversidad y a las narrativas no tradicionales.
Hasta ahí, para mí la película podría haber sido un bodrio en grado de tentativa; al musical, lo rescata la combinación de los elementos que lo integran: comedia, drama y reflexión social; así, las canciones no sólo constituyen un factor de “entretenimiento”, sino que cumplen con otra función: abordar temas duros, complejos, como la identidad de género, la aceptación personal, la reinvención y la difícil realidad social que se vive en México.
Antes de continuar, voy a hablar de los fallos: la poesía, no la poética, es deficiente; no sé si se trata de premura, de un esfuerzo malogrado de quien escribió el guión, del origen extranjero del director —que debe capturar si no la esencia de la mexicanidad sí algunos de los elementos que la integran— o es sólo una elección consciente para conectar con el público en general. Como sea, había elementos que servían para construir letras de mejor manufactura, más dulces, más profundas, más armónicas o más melodiosas; y lo mismo podemos decir de la música; por no hablar del final horrendo.
Por lo que hace a los aciertos, Emilia Pérez compendia la realidad que vive nuestro país sin estridencias; con un lenguaje que peca de sencillo (insisto), a pinceladas y grandes trazos, describe una dolorosa actualidad que mejor percibe un director extranjero que el propio gobierno, para quien el crimen organizado no tiene los ribetes de tragedia extrema que la película con toda nitidez y objetividad refleja.
Aunque sí, constituye una obra inspirada por esa porquería nombrada “woke” (a lo que tenemos que volver uno de estos días), su pretensión última, siento yo, definitivamente no es ésa; creo que se trata sólo de una narración que aprovecha una circunstancia histórica y explota todas las posibilidades que esa realidad lamentable, estúpida, ridícula, nos brinda.
Quien quiera ver en la película precisamente eso —y reparar sólo en ello—: lo lamentable, lo estúpido, lo ridículo, por fuerza se quedará corto, porque esos adjetivos solamente sirven de marco, de telón de fondo, para contar una historia inteligente y original; peor, si alguien cree que el guion no refleja la realidad de millones de trans en derredor de la galaxia (escrito y dicho así, en un afán de no discriminar a nadie, ni siquiera a los alienígenes que no saben si son alienígenos o alienígenas), es porque la historia que narra la película requiere de un poderoso narco que se quiere convertir en princesa. Y ya. Esos críticos son los mismos tarados que se quejan de que El Quijote no sea La Quijota; El Principito no sea La Princesita; o, ya puestos, Jesús de Nazareth no sea Jesusita en Chihuahua y Galilea, Coyame.
Me quedo con esta idea: ambos musicales son prueba de cómo un género puede reinventarse y adaptarse a las demandas del público y a las realidades sociales; ser empleado para explorar nuevas formas de narración, fusionando elementos tradicionales con enfoques modernos y audaces; y que —signo de nuestro tiempo— sea incapaz de satisfacer a todos. Del linchamiento mediático contra Karla Sofía Gascón mejor ni hablar, todo es una soberbia estupidez: los que lo atacan y también él quien, calladito, se vería más bonito.
Pero no me haga caso a mí; vaya al cine, cómprese sus palomitas y su cocota y disfrute. Estamos platicando.
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Luis Villegas Montes.
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