Convivimos más tiempo con pantallas que, con personas…
Antes nos preocupaba sobre manera perder la capacidad de asombro y empezar a ver lo excepcional o atípico como normal. Era una medida extrema de alertarnos para no pasar límites. Pero se fue normalizando la violencia y el narcotráfico, que antes nos alteraba el saber que habían asesinado a dos o tres personas, pero la fuerza de la costumbre o “normalización” de tantos homicidios nos ha hecho “perder esa capacidad de asombro”.
En pocas palabras, desafortunadamente ya no nos asustamos de nada. La epidermis o la piel se nos ha hecho dura como cocodrilo, al no inmutarnos ni sorprendernos de nada, lo que significa una deshumanización o insensibilidad. De personas sensibles, ahora somos duras porque muchos placeres y gustos han pasado a mejor vida.
Para hablar de placeres, debemos primero intentar a qué nos referimos con esa palabra que es tan antigua como el hombre mismo. Proviene del latín placere que significa “agradar” o “gustar”. De ahí ha derivado complacer o pláceme, y luego se adaptó al goce o disfrute físico o espiritual.
Por lo tanto, el placer es una sensación de gozo, bienestar o satisfacción física y mental que se experimenta al hacer o sentir algo que nos resulta agradable. En ello entra en acción el cerebro por sustancias químicas que libera. Hay placeres físicos que proceden de nuestros sentidos, emocionales que surgen del amor o amistad; intelectuales y contemplativos al aprender algo nuevo en la lectura, escuchar música o contemplar un paisaje que nos gusta.
Y según el origen del placer, que lo provoca o en qué ambiente se experimenta, los estudiosos lo diferencian entre placer físico, psíquico, intelectual, lúdico, emocional y contemplativo.
Y cuando experimentamos un placer se activan conexiones de circuitos cerebrales de recompensa con sensaciones agradables como la dopamina, que refuerza el aprendizaje; la oxitocina, relacionada con formación de vínculos afectivos asi como la confianza y empatía; la serotonina que ayuda a regular el estado de ánimo, el sueño, la ira, la agresión, el apetito, la memoria, la atención y la sexualidad; y las endorfinas que actúan como analgésicos y brindan sensación de bienestar, además de regular el apetito y la temperatura corporal.
La palabra hedoné, proviene del griego que significa placer. El vivir solo para los placeres materiales se le llama hedonismo que hace muchos siglos fue una corriente filosófica que establecía el placer y la supresión del dolor como objetivo supremo de la vida. En la mitología griega, Hedoné era la personificación del placer, el goce y el deseo sexual. Hedoné era hija de Eros (dios del amor) y Psique.
La vida contemporánea nos ha detonado un ambiente hedonista, con el cultivo de placeres y el consumismo. El placer por el placer en el exceso de comer, beber y una vida cómoda que desinfla el carácter y adormece la voluntad.
El doctor Enrique Rojas escribía que el hedonismo es una de las principales características del actual hombre light. Entre el materialismo, consumismo y hedonismo, la generación de nuestra sociedad ha perdido el rumbo del ser espiritual.
En el otro extremo de ese hedonismo existe lo que se llama anhedonia, que significa todo lo contrario. El término anhedonia viene del prefijo an o sin que es carencia de y del sustantivo hedoné, placer o deleite. La anhedonia es todo lo contrario al hedonismo, o sea, es la ausencia de placer. Ya nada nos causa placer humano porque hemos cambiado a las pantallas, al celular y a la tecnología.
Esa anhedonia viene a ser la incapacidad patológica de percibir o sentir placer en cualquiera de sus formas y se identifica como la tristeza o el desinterés pasajero y ya es considerada una forma de depresión. Somos una sociedad deprimida y el mismo doctor Rojas calificó que la más grande epidemia que vive la humanidad, es justamente la depresión.
Si por un lado disfrutamos el hedonismo en alguna de sus manifestaciones, ahora hemos caído en una ausencia de placer o desinterés por la vida, las personas, las actividades y sus cosas.
El consumo extremo e intenso de redes sociales asi como la hiperconectividad tecnológica a través de dispositivos móviles y pantallas ya son reconocidos como factores que influyen en la salud mental. Todo indica que hay una relación directa entre el aumento en el uso de redes sociales y la tendencia a la anhedonia, al detectarse una pérdida de interés en actividades escolares y sociales así como la incapacidad para experimentar placer en situaciones emocionales positivas.
Por eso hay tantos casos de suicidios porque las personas de pronto se sienten “vacías”, desconectadas de su entorno familiar o social. Las redes sociales han conectado a millones de personas desconocidas, pero al mismo tiempo nos han desconectado de nosotros mismos y de los nuestros más cercanos.
El padecimiento de la anhedonia es el desinterés y falta de emoción. Es la pérdida de la capacidad de asombro. Ya nada nos asombra ni nos mueve a hacer cosas heroicas o de solidaridad con los demás. Vivimos para nosotros y para nuestras redes sociales. Que el mundo siga girando, estallando, explotando o calentándose más, ya no conmueve ni mueve a nada. Ni idealismos o solidaridad, ni grandes hazañas o retos. Todo es líquido, corre, se va como el agua.
Nuestra atención está centrada en las pantallas. Convivimos más tiempo con pantallas que con personas. Históricamente, esta adicción a las pantallas es la más grande dependencia que hemos tenido en siglos de la humanidad.
Ese uso intensivo de las redes sociales está conectado a esa incapacidad para experimentar placer, que es la anhedonia y sucede porque el consumo constante de contenido genera estados artificiales de dopamina mediante recompensas inmediatas y constantes, lo que a la larga reduce la capacidad del cerebro para disfrutar de actividades cotidianas reales. No hay juegos presenciales o experimentales porque todo radica en las pantallas y en aplicaciones virtuales.
Antes, las recompensas o gratificaciones surgían de experiencias interpersonales personales o de grupos: triunfo en partidos deportivos, lograr metas de esfuerzo, alzar una copa de triunfo con un equipo. Hoy la validación, triunfa y aceptación en el mundo de las redes sociales se limitan a los likes, lo que impide gozar realmente y con emoción un logro. Aunada a esto, la permanencia de horas al día, frente a las pantallas.