Santo Domingo, República Dominicana .- Durante una conversación con Elis Martínez, José Rosario y Pedro Hernández en el programa La Agenda del Pueblo de El Nuevo Diario, quise dejar sentada una premisa fundamental que resumo en una frase que se ha convertido en una bandera de advertencia para todo estratega serio: un like no es un voto.

En el ecosistema del marketing digital existen dos categorías de indicadores claramente diferenciadas: las métricas de rendimiento real y las métricas de vanidad. Las métricas de vanidad son aquellas que acarician el ego del candidato o del consultor, pero no aportan información cuantitativa relevante sobre la intención firme de comportamiento. Hablo de los me gusta, los corazones, las reproducciones de video, el número de seguidores y los comentarios eufóricos en transmisiones en vivo.

El problema radica en que el algoritmo de las plataformas digitales no está programado para medir la convicción democrática ni el compromiso cívico de una persona; está diseñado exclusivamente para maximizar el tiempo de permanencia en la pantalla. Una persona puede interactuar con una publicación por múltiples razones ajenas al respaldo electoral: por entretenimiento, por curiosidad, por sarcasmo, por dinamismo visual, por morbo o sencillamente por un impulso mecánico del pulgar mientras navega en el teléfono.

Transformar ese microimpulso de un milisegundo en una acción consciente, física y sacrificada requiere un proceso de movilización y persuasión que la pantalla jamás podrá resolver por sí sola. Creer que la suma de corazones en Instagram se traduce aritméticamente en votos depositados en la urna es el equivalente estratégico a contar las personas que miran el escaparate de una tienda y asumir que todas han comprado el producto.

Un caso emblemático que suelo citar en mis conferencias y talleres es la elección de Monterrey del 2024. En esta contienda observamos un despliegue digital impecable desde el punto de vista estético y de producción audiovisual. Vimos una candidatura respaldada por millones de seguidores en redes sociales, una marca personal sumamente posicionada, una presencia constante en la agenda del entretenimiento y un volumen de interacción que superaba por múltiplos astronómicos a sus competidores en la conversación digital. La narrativa prevaleciente en las redes sugería una victoria inminente e incontestable.

¿Cuál fue el resultado en las urnas? Una derrota clara frente a una estructura territorial tradicional que supo movilizar al electorado real.

¿Por qué ocurrió esto? Porque las redes sociales crearon una gigantesca burbuja de eco. Mientras el equipo de campaña celebraba el impacto de los contenidos digitales en un sector específico de la población, en las colonias, en los barrios populares, en las zonas perimetrales y en los sectores de mayor abstencionismo operaban las variables tradicionales de la política: el contacto directo cara a cara, el trabajo de movilización de las estructuras, la propuesta concreta para el problema cotidiano del agua o la seguridad, y el compromiso firme del electorado maduro que sí acude masivamente a votar.

El caso de Monterrey es una lección magistral para la consultoría moderna: la hipervisibilidad digital sin anclaje territorial ni estructura de movilización es un espejismo que se desvanece al momento del escrutinio oficial.

Desde la perspectiva del comportamiento del consumidor y la psicología política, debemos entender la diferencia abismal que existe en el costo de la acción entre el entorno digital y el entorno físico.

El costo del "Like": Es cero. No requiere esfuerzo intelectual, no implica un alto costo económico, no exige desplazamiento físico y no compromete la identidad social del usuario de manera profunda. Un “like” es una reacción epidérmica, pasiva y volátil. Es lo que en la sociología moderna denominamos “slacktivism” o "activismo de sofá": la falsa sensación de estar participando en un proceso social sin asumir costo alguno.

El costo del Voto: Es significativamente alto. Exige que el ciudadano interrumpa su descanso dominical, invierta tiempo y recursos en transporte, enfrente inclemencias climáticas, supere la profunda apatía y desconfianza hacia la clase política, y tome una decisión consciente dentro de una casilla electoral.

Para que un ciudadano cruce el puente que separa la simpatía digital del compromiso de voto, la campaña debe construir un embudo de conversión política. Este proceso no se logra acumulando impactos publicitarios en el celular; se logra cuando la propuesta del candidato toca una fibra sensible en la vida diaria de la persona, cuando resuelve un dolor real de su comunidad y cuando existe una estructura humana en el terreno que le recuerde, le acompañe y le facilite el ejercicio de su derecho al voto.

Hay un principio doctrinario sobre el cual insisto de manera enfática en cada foro internacional: sin sustancia, la estrategia no es más que ruido.

En los últimos años hemos visto proliferar candidaturas vacías, armadas artificialmente a partir de estudios de algoritmo y tendencias efímeras. Candidatos que bailan la canción de moda en TikTok, que se disfrazan de personajes populares o que recurren al chiste fácil para captar la atención de una audiencia hiperestimulada. Si bien es cierto que la política requiere conectar con el código del lenguaje popular y la emoción del electorado, el entretenimiento puro no constituye un proyecto de gobierno.

Nos enfrentamos a dos distorsiones contrapuestas en el perfil de los liderazgos políticos: El candidato popular sin gravedad y el político tradicional sin conexión.

La comunicación política es, en su esencia más pura, una disciplina de conexión humana. Pero no debemos confundir el vehículo con el destino. Los algoritmos cambian, las plataformas nacen y mueren, las modas digitales se agotan con una rapidez vertiginosa; pero la naturaleza humana permanece intacta. El elector sigue buscando liderazgos auténticos, causas que le inspiren esperanza, propuestas que le brinden certeza y gobernantes que le miren a los ojos con la verdad por delante.

A los candidatos, estrategas y equipos de campaña que hoy recorren los caminos de nuestra América Latina, les dejo esta reflexión como una guía de trabajo para los cuartos de guerra: no permitan que el aplauso fácil de las redes sociales los aísle de la realidad del terreno. Salgan a la calle, caminen los barrios, escuchen la conversación de la gente común en el transporte público y en la mesa familiar, construyan estructuras sólidas, preparen equipos técnicos para gobernar con solvencia y recuerden siempre que la batalla definitiva por la confianza de un pueblo no se libra en la frialdad de una pantalla, sino en el corazón y en la conciencia de cada ciudadano.

ESPRESSO COMPOL

Porque cuando llegue el domingo de la elección, cuando las luces de la publicidad se apaguen y las casillas abran sus puertas, la historia democrática la escribirán las mujeres y hombres de carne y hueso que salgan a votar. Y ahí, en el silencio soberano de la urna, quedará demostrado una vez más que un like no es un voto.