Si bien no han superado todas las piedras del camino, los alcaldes de Chihuahua y Juárez, Marco Bonilla y Cruz Pérez Cuéllar, además de la senadora Andrea Chávez, arriban con ventaja a la antesala de las definiciones sobre quiénes serán los candidatos a la gubernatura en 2027. Llegan vivos, competitivos y, sobre todo, mejor posicionados que el resto.
Pero ahora sí comienza lo verdaderamente emocionante. El informe de la gobernadora Maru Campos asoma en el calendario, mientras una reforma electoral se perfila para apuntalar el poder de la 4T, todo en medio de un periodo ordinario de sesiones del Congreso de la Unión que arrancó sacudido por la expulsión-renuncia de Adán Augusto López de la coordinación de Morena en el Senado.
El impacto de ese innegable golpe a López se medirá directamente en el proyecto de la senadora juarense Andrea Chávez, justo en pleno proceso sucesorio. En el carril panista, será el informe de Campos Galván el banderazo que marque la fase final de la carrera interna entre sus acelerados aspirantes.
Por ahora, las encuestas son más herramientas de propaganda que instrumentos de certeza, pero la tendencia general apunta a un arranque parejo o con ventajas que oscilarían entre cinco y diez puntos para alguno de los dos grandes contendientes: PAN o Morena. PRI y MC jugarán, básicamente, a ser espectadores con vocación de agandalle; PT y Verde seguirán en la cómoda tarea de exprimir su alianza con la 4T.
En Acción Nacional no se ve, hoy por hoy, quién le haga sombra real al presidente municipal de la capital. Todo panista que levanta la mano termina aplastado por la maquinaria o incorporado al proyecto del alcalde, ya sea por convicción de mantener la unidad o por simple instinto de sobrevivencia política.
En Morena la historia es distinta. Ahí la carrera sigue con choques de grupos, codazos y fuego cruzado. El alcalde juarense enfrenta a una senadora respaldada por una facción que se resiste a la reconfiguración del poder dentro de la 4T, mientras otros perfiles alimentan versiones de una decisión compleja, incierta y todavía abierta.
Así, llegamos a la puerta de la sucesión con las tres figuras centrales de las fuerzas dominantes a punto de someterse a la prueba del ácido para medir su verdadera resistencia rumbo a un proyecto estatal.
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En esta carrera, el PAN parte con la ventaja estructural de tener el Gobierno del Estado, el control de dependencias clave y una presencia territorial sólida. Pero también arrastra el desgaste natural del poder y pondrá al electorado ante el dilema clásico -y siempre riesgoso- entre continuidad o cambio de rumbo.
En ese marco, Bonilla acumula cerca de un año de fines de semana, días festivos y tardes enteras de recorridos por Juárez, Cuauhtémoc, Nuevo Casas Grandes, Parral, Delicias, Jiménez y buena parte del estado. Sabía que debía subirse a ese tren desde temprano o simplemente no llegaría al destino que hoy parece más cercano.
Es el panista mejor posicionado. Puede presumir un gobierno local estable, discurso moderado y una relación funcional con el sector empresarial y otros factores de poder, por más que no falten quienes intentan meter cizaña en su relación con la gobernadora y antecesora en la alcaldía.
Esa fortaleza es también su posible debilidad. Representa la continuidad sin estridencias, pero dependerá en gran medida de que el desgaste del PAN no termine cobrándole factura a su proyecto.
En el camino, Bonilla parece haber dejado atrás a Daniela Álvarez, dirigente estatal del PAN cuyo principal activo es el control partidista; a Gilberto Loya, secretario de Seguridad, convertido en comodín que lanza chispazos ocasionales con bardas y espectaculares; y a Jesús Valenciano, alcalde de Delicias, figura del panismo tradicional que no logró salir de la región centro-sur al escenario estatal.
Su nombre pesa también por encima del fiscal César Jáuregui, finalmente acomodado en la contienda municipal; y de Santiago de la Peña, secretario general de Gobierno, cuyo pasado priista le complica demasiado su adopción plena en el albiazul.
Pesa, incluso, sobre cualquier as bajo la manga que pudiera aparecer si el PAN Nacional decide, como veladamente ha amenazado, buscar perfiles ciudadanos, lo que sumaría algunos nombres más a la lista, entre empresarios filo panistas y figuras emergentes bien conectadas a Palacio de Gobierno.
Pero hay acomodo para todos: alcaldías en Juárez y Chihuahua; plurinominales para la siguiente legislatura estatal (la coordinación de la bancada, indispensable para cubrir las espaldas); distritos federales y locales. En el panismo saben que más vale un mal acuerdo que un buen pleito, sobre todo en un escenario tan cuesta arriba como el actual.
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Morena no gobierna el estado, pero casi. Controla Juárez y domina la conversación nacional, lo que le da una ventaja nada menor, especialmente con una presidenta, Claudia Sheinbaum, que en momentos aparece mejor calificada en Chihuahua que el mismo fundador de la 4T, Andrés Manuel López Obrador.
La batalla interna radicalizada, que es más un estilo de vida que un problema en Morena, le agrega saborcito a una carrera en la que Pérez Cuéllar también lleva más de un año apostándole con giras, gestiones y alianzas con grupos de todo el estado. Sabe el alcalde juarense que es momento de sumar.
El juarense es el morenista con mayor territorio real. Tiene base electoral probada tras dos elecciones, estructura y experiencia de campaña. No es casual que sea blanco de ataques. Algunos intentan presentarlo como el candidato más cómodo del PRIAN, pero, paradójicamente, eso lo convierte en el peor escenario para el PAN, porque conoce las entrañas del albiazul mejor que muchos panistas.
Frente a él, la senadora Chávez se ha plantado con fuerza desde el ámbito nacional. Juega en contra el golpe que representa la salida de su excoordinador de bancada, así como el lastre del exgobernador Javier Corral, acusado de corrupción en Chihuahua, integrado a su entorno. Aun así, ha dado la batalla, incluso en terrenos más personales que políticos.
Su juventud, discurso progresista y presencia mediática son activos claros, pero no los únicos. Tiene anclajes en sectores del poder de la 4T capaces de influir decisiones en cualquier punto del país, pese al infortunio de Adán Augusto, quien políticamente no puede darse por muerto mientras siga respirando o en alguna embajada de un país remoto.
Entre un Cruz fortalecido y una Andrea golpeada por las coyunturas podría cerrarse la disputa interna, al menos en la fotografía actual. El resto de las piezas luce lejos de la pista.
La secretaria de Bienestar, Ariadna Montiel, con todo su peso institucional, parece ya descartada. Tenía dos velas encendidas, Chihuahua y Ciudad de México, ambas del tamaño de un cirio, pero dicen que ya tomó una decisión más acorde a su nivel y poderío.
La delegada estatal, Mayra Chávez, mantiene contacto directo con la base social y un pasado priista que lejos de restarle la ha convertido en activo morenista. Su aspiración sigue creciendo, quizá con la apuesta de disputar la gubernatura si el género se vuelve definitivo, o bien de pelear la candidatura municipal en la frontera.
Una última pieza es el senador Juan Carlos Loera, representante de las bases duras, pero con negativos tan altos que lo convierten más en factor de ruptura que de unidad. La gubernatura se le aleja, pero la alcaldía juarense no tanto, sobre todo si la suerte le sonríe como ha sucedido antes y después de haber sido derrotado en 2021.
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El 2027 ya comenzó. De aquí en adelante vendrán aceleres, movimientos y decisiones para tomar ventaja antes del arranque formal de la contienda.
La decisión de los chihuahuenses llegará tras más de un año de campañas internas, golpes bajos y ataques que, sin duda, subirán de intensidad. Ya vimos algunas probaditas con el pleito Cruz–PAN por el Impuesto Predial del partido en Juárez, aderezado con ingredientes picosos, estridentes, con la intervención de la dirigencia panista y hasta de la propia gobernadora.
Habrá más factores: el quiebre aún no consumado entre PRI y PAN, que podría beneficiar directamente a Morena; y el papel de los minipartidos, que no compiten para ganar, sino para negociar las migajas que caigan de la mesa donde están sentados los de primera división.
De fondo estará el ánimo del electorado, por primera vez colocado en un escenario donde es real la posibilidad de sepultar el bipartidismo histórico de Chihuahua.
La decisión podría oscilar entre continuidad con estabilidad o ruptura del régimen para dar paso a la 4T. Entre un cambio ordenado, cómodo y sin sobresaltos, como gusta al conservadurismo; o un cambio incierto, con baraja nueva si Morena sorprende. O casi nueva si termina por apuntalar a su perfil más adelantado.
Por eso, Andrea, Cruz y Bonilla deberán enfrentar no sólo las tensiones internas de sus partidos, sino los retos previsibles y los imponderables. Ya se acabaron los tiros de calentamiento, comienzan los choques de verdad.
Sobre sus hombros, la senadora y los alcaldes cargarán la prueba mayor: demostrar si están hechos para resistir la presión de un proyecto estatal, sin doblarse ni romperse.