La llamada “guerra contra el narcotráfico” en México ha dejado más de una década de violencia extrema, cientos de miles de muertos y desaparecidos, territorios fracturados y un Estado desgastado.
No pretendamos cerrar los ojos: los grupos delincuenciales se han empoderado en territorio mexicano, a tal grado, que dominan una parte importante de pequeños y grandes territorios.
Sin embargo, el debate público suele quedarse atrapado en una narrativa cómoda: México como el problema y Estados Unidos como un espectador preocupado. Esa versión no sólo es incompleta, es profundamente cómoda.
Porque si el narcotráfico es un negocio, conviene preguntarse algo básico: ¿dónde está el mercado? La respuesta es clara y persistente desde hace décadas.
De otra forma nadie dudaría que los cárteles colombianos, asiáticos, mexicanos, rusos o europeos, buscan como objetivo final de sus rutas a Estados Unidos. ¿Nos hemos puesto a pensar por qué los poderosos grupos criminales quieren cruzar sus “productos” a territorio norteamericano?
Ahí consumen la mayor parte de las drogas que cruzan por México, ahí generan el flujo de dinero que sostiene a los cárteles y ahí, curiosamente, casi nunca vemos caer a los grandes capos equivalentes a los que México exhibe como trofeos de guerra.
México es el trampolín; Estados Unidos, la alberca. Pero nadie quiere hablar de quién se está lanzando ni quién cobra la entrada. En México, algunos líderes criminales son perseguidos con operativos militares, extradiciones espectaculares y juicios mediáticos. A veces. Dije, algunos. Dije… a veces.
En Estados Unidos, en cambio, el rostro del narcotráfico es difuso. No hay “El Chapo” estadounidense en el imaginario colectivo. No hay capos del tamaño simbólico de los mexicanos porque el sistema los diluye: se les llama distribuidores, empresarios corruptos, banqueros negligentes o simplemente consumidores. El crimen se fragmenta y se vuelve invisible.
¿Por qué no caen los narcos en Estados Unidos? Porque muchos de ellos no usan pasamontañas ni cargan rifles dorados. Usan trajes, abogados, paraísos fiscales y lagunas legales. El dinero del narco es lavado, sobre todo, en ese sistema financiero, con multas administrativas que resultan ridículas frente a las ganancias obtenidas. Pagar una sanción es más barato que cambiar el modelo de negocio.
Además, Estados Unidos mantiene una política esquizofrénica: por un lado exige mano dura a México; por otro, no logra -o no quiere- controlar el tráfico de armas que fluye del norte al sur. Las armas que matan en México no son fabricadas en Tepito ni cruzan el desierto solas, o volando, ni aparecen aquí sacados de un sombrero de mago.
Provienen, en su mayoría, de armerías estadounidenses protegidas por una interpretación extrema del derecho a portar armas. México pone los cuerpos; Estados Unidos pone el arsenal.
La responsabilidad también está en la demanda. Mientras millones de consumidores estadounidenses sigan comprando cocaína, heroína, metanfetaminas o fentanilo, el negocio seguirá siendo rentable.
No hay cártel sin cliente. Pero el discurso dominante evita señalar al consumidor como parte central del problema. Es más fácil culpar al país de tránsito que cuestionar un modelo de consumo, salud pública y desigualdad interna.
¿Quién tiene la culpa del tráfico de drogas? La respuesta honesta es incómoda: la culpa es compartida, pero no distribuida de manera justa. México carga con el costo humano, social y político. Estados Unidos externaliza la violencia. Ambos Estados han fallado, sí, pero no desde la misma posición de poder.
México ha cometido errores graves: corrupción estructural, impunidad crónica, militarización sin estrategia de largo plazo y abandono de políticas sociales profundas. Pero Estados Unidos tampoco puede lavarse las manos. Su política antidrogas ha sido históricamente punitiva hacia afuera y permisiva hacia adentro. Castiga al productor, al transportista y al país vecino, pero protege al sistema que permite que el dinero fluya y se reproduzca.
La guerra contra el narcotráfico no puede ser ganada mientras combatan sólo en un lado de la frontera. No se trata de más soldados ni de más decomisos espectaculares. Es asumir responsabilidades reales: control financiero efectivo, regulación de armas, políticas de salud pública para el consumo y cooperación sin discursos morales.
De que México tiene un gravísimo problema con el narcotráfico, nadie lo duda. Lo han dejado dejado crecer, florecer… lo persiguen, pero al día siguiente aparecen más y más capos.
Mientras no haya responsabilidades compartidas, el guion es el mismo. México seguirá siendo el campo de batalla. Estados Unidos, el mercado intacto. Y la guerra, una excusa para no mirar el verdadero origen del problema. Al tiempo.