Son las 11:47 p.m. y la pantalla te ilumina la cara como una lámpara íntima. Deslizas, bostezas, vuelves a deslizar. Y de pronto —sin pedirlo— aparece 2016.
Estoy segura de que en estos días, por alguna vía —WhatsApp, redes sociales o incluso en papel— te llegó un recuerdo de aquel año.
Reaparece la escena: adolescentes lanzando una botella de agua al aire para que cayera de pie. El reto “bottle flip” brincó del ecosistema digital al patio de la escuela y a la sala de la casa; luego, el filtro de Snapchat que te ponía orejas y nariz de perrito (seguro tú o alguien cercano conserva una captura). Continúa y ves el “Mannequin Challenge” o Marshmello —el DJ con cabeza de bombón y ojos de “tachita”— pidiendo al público congelarse para grabar el instante y, a su señal, devolverle la vida al concierto.
Todo esto pasaba mientras algunos caminaban con el celular en alto buscando un Pokémon (primer ensayo masivo de realidad aumentada), Internet se sentía menos solemne. Hoy regresa por un nuevo trend: #2016, nostalgia en 2026.
Empezó como chiste: “2026 es el nuevo 2016”. Y de pronto, las métricas: TikTok reportó un salto de 452% en búsquedas de “2016” y el hashtag #2016 ya arrastra más de millón y medio de videos.
La chispa tiene un motivo simple: pasaron diez años y el algoritmo ama los aniversarios. Forbes lo describe como una celebración digital que rescata filtros, música y códigos estéticos de entonces. People apunta el contraste incómodo: 2016 fue turbulento en el mundo, pero en redes fue un “tiempo ligero”, porque la memoria no archiva noticias; archiva emociones.
No es un regreso inocente. Es el refugio colectivo ante un presente que pesa: fatiga digital, incertidumbre, ruido. En 2026 el feed no se acaba, la comparación tampoco, y la prisa es un común denominador. La mente necesita respirar.
Especialistas citados en análisis del trend —como Clay Routledge— explican que la nostalgia puede regular el estrés al reforzar continuidad personal y sentido de pertenencia. Por eso engancha: activa risas compartidas, reencuentros, conversaciones que no nacen del debate, sino del recuerdo.
La denuncia ciudadana empieza cuando esa emoción se compra y se optimiza. Las plataformas no solo registran lo que sentimos: lo provocan. Un filtro, una estética, un audio, y un algoritmo que premia lo que te retiene. La nostalgia se vuelve mercancía: celebridades, “recuerdos” prefabricados y la promesa de que te quedes un rato más. Incluso fuera de pantalla: el “2016-core” ya brincó a tendencias de estilo y consumo.
La trampa está en la idealización. Si conviertes el pasado en ejemplo, el presente se siente insuficiente. Y se nota en lo cotidiano: irritabilidad, comparación, sensación de llegar tarde a todo.
La nostalgia sirve cuando te recuerda que ya atravesaste épocas difíciles; estorba cuando te convence de que lo mejor quedó atrás y lo único que queda es deslizar y suspirar. No te cura: te entretiene.
En Chihuahua conviene decirlo sin romanticismos: 2016 no fue “sencillo”. Ahí están la visita del Papa Francisco a Ciudad Juárez, las tensiones en la frontera, las protestas que terminaron en destrozos en el Palacio de Gobierno y un proceso electoral local que fue parteaguas y una administración estatal sin rumbo. La vida real nunca fue un filtro.
Entonces, ¿qué hacemos con esta ola de recuerdos? Bien usada, la nostalgia es puente. Mal usada, es anestesia. Si el trend te sirve para respirar, adelante. Si te deja más tiempo pegado a la pantalla, adminístralo.
Un truco para que no te gane la ilusión: arma un “doble archivo”. En una hoja escribe qué era 2016 en tu vida y en tu ciudad (lo bonito y lo duro). En otra, anota qué necesitas hoy: sueño, concentración, menos ansiedad, más conversación. Ese contraste te aterriza. Te recordará que el pasado no vuelve; lo que puede volver es tu capacidad de elegir cómo vives el presente.
Cuatro acuerdos aplicables desde hoy
Nostalgia con límite: 15 minutos. Usa temporizador.
Del dicho al hecho: si subes una foto 2016, sube también una decisión 2026 (una meta, un hábito, una disculpa pendiente).
Regresa lo humano al centro: imprime una foto, llévala a la mesa y pregunta: “¿qué aprendimos?”.
Cierra la app: cinco respiraciones y una acción pequeña hoy.
Si el algoritmo te regala 2016, tú regálate 2026: una caminata, un mensaje, una conversación sin pantalla. Esto te confirmará que no extrañas 2016. Extrañas sentirte dueño de tu tiempo y es momento de recuperarlo.
Opinión
Martes 27 Ene 2026, 06:30
¿2026 es el nuevo 2016?… éramos felices y no lo supimos
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Karla Chairez Arce