El canibalismo panista y morenista por las candidaturas pone de relieve, otra vez, el mito de la unidad en los partidos y la amenaza que representan las fracturas cupulares en las dos principales fuerzas políticas que desde ahora dan la batalla por la elección de 2027.
Con arbitrajes más cuestionados que el de la FIFA, el PAN enfrenta su reto mayor en la candidatura por la Presidencia Municipal de Chihuahua y la brutal pérdida de terreno en la zona centro-sur del estado, mientras que Morena baila, de forma vergonzosa, al ritmo que le tocan sus rémoras aliadas, el PT y el PVEM, comprometidos con la coalición de la 4T, pero nomás en la medida en que complazca sus ambiciones.
En las dos fuerzas políticas no faltan quienes minimizan la confrontación interna y pretenden restarle peso o encontrarle miles de interpretaciones, como traiciones, dobles jugadas y acuerdos subrepticios entre los mandones de ambos partidos, pero la realidad salta a la vista, es inocultable.
Lo que viven el PAN y Morena es una fase de combustión espontánea, en la que el mínimo movimiento de un actor interno -un video, una foto, una reunión, una frase- saca chispas, y los demás actores le agregan gasolina o vapores tóxicos, ante una clara ausencia de operadores neutros con el suficiente oficio.
Lo fascinante en el análisis, y peligroso para los involucrados, es que los partidos padecen una especie de expansión de enfermedades estructurales internas, aunque por razones diametralmente opuestas.
Mientras en el PAN es el canibalismo por la joya de la corona municipal lo que amenaza con fracturar el bastión que sostiene el proyecto estatal, Morena vive una auténtica guerra entre equipos que gravitan alrededor de dos punteros, lo cual parece dinamitar la viabilidad de la alianza de la llamada Cuarta Transformación.
Así, caminan en terrenos delicados los muchos aspirantes azules por la capital, César Jáuregui, Santiago de la Peña, Rafael Loera, “Manque” Granados y otros que podrían moverle, sin necesidad, el tapete a su virtual candidato a gobernador, Marco Bonilla; mientras los morenistas Cruz Pérez Cuéllar y Andrea Chávez presumen respectivos escenarios favorables a su eventual nominación, en medio de agresiones abiertas de sus grupos y aliados.
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Para decirlo en términos llanos, el PAN se juega la vida en la capital del estado, así de simple. No puede darse el lujo de perder el municipio que hoy gobierna y que proyecta a Bonilla Mendoza hacia la gubernatura, porque ese sería un golpe letal.
Enfrenta el albiazul un escenario totalmente adverso en Juárez, que ni todo su Comité Ejecutivo Nacional ha sido capaz de revertir un milímetro; enfrenta también escollos en Delicias y municipios de la región sur, algunos donde los momios ya se le voltearon casi dos a uno, tras pérdidas sostenidas de votación en los últimos años.
Cuauhtémoc y Parral, que conducen Humberto Pérez y Salvador “Chava” Calderón con las siglas panistas, también enfrentan condiciones de competencia poco alentadoras, ante una oleada morenista apenas frenada por sus propias pasiones internas, pero igualmente amenazante.
Así, la carrera por la candidatura a la alcaldía capitalina, definitoria para la contienda estatal, se ha convertido en una arena donde la prudencia institucional brilla por su ausencia o pasó a segundo plano.
Hay quienes defienden que no existe un quiebre cupular porque el CEN del PAN, la dirigencia estatal y otros factores de poder están unidos en torno a un proyecto, pero es imposible considerar fuera de la cúpula partidista a los competidores que quieren la candidatura.
Todos son pesos completos, no simples soldados: Jáuregui es exsecretario de Gobierno, exfiscal, exsecretario de tres ayuntamientos; Santiago de la Peña es el número dos de Palacio, también con largo currículum prianista; “Manque” Granados es exalcaldesa suplente; Rafa Loera es secretario estatal y cabeza de facciones juveniles; Alfredo Chávez es el jefe de los diputados locales, Alan Falomir, director de la Junta Municipal de Agua y más líder panista que otros de corazón blanquiazul...
Quien pretenda ver que el PAN puede salir airoso del desafío de una descarnada pelea que ha escalado a niveles personales, de plano prefiere cerrar los ojos y vivir en el autoengaño. Mientras no haya canales de diálogo y negociación -más allá de supuestos lineazos o amenazas para alinearse en redes sociales y medios de dudosa reputación- la lucha mantendrá su camino ascendente, con claros riesgos para el partido.
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¿Cuál es la verdadera amenaza en el PAN? Al parecer, es la alarmante ausencia de un árbitro con el oficio y la capacidad suficientes, más allá de las legítimas aspiraciones de los contendientes que corren ese maratón.
La dirigencia nacional de Jorge Romero y la estatal, encabezada por Daniela Álvarez, se han limitado a “anunciar que van a anunciar” las reglas de la contienda, con claras contradicciones sobre cómo serán el proceso, si habrá o no alianza con el PRI u otros partidos, y si se optará por perfiles de militantes o dizque ciudadanos.
En realidad, ni el Comité Estatal ni las oficinas de Palacio de Gobierno han intervenido con firmeza para meter orden o sentar a los contendientes a negociar. Por el contrario, parecen echar gasolina sobre el fuego que amenaza con extenderse al proyecto por la gubernatura de Bonilla, a quien algunos, todavía hace unas semanas, le regateaban el apoyo pese a la evidente ventaja que desde hace años mantiene en la carrera.
El dejar hacer y dejar pasar ha provocado que los equipos de De la Peña, Jáuregui y Loera, especialmente, se desgasten en una guerrilla de lodo en la que igual participan los más altos pensadores del PAN que los más repugnantes analistas a sueldo. La batalla ha desatado a legiones de opinadores irreflexivos y pseudo dogmáticos que dan pena ajena.
Así, el activo más valioso de Acción Nacional -la cohesión de su militancia en la capital y su comunión con sus líderes y dirigencias- es el que se pone en riesgo y convierte en un mito la unidad.
En Morena, por otra parte, la fractura es total, explícita y se da también a nivel estatal, en la cúpula que comparten sus dos máximas figuras: la senadora y el alcalde juarense, ambos con licencia. Aquí los equipos ni siquiera guardan las formas, traen las armas desenfundadas.
La crisis morenista alcanzó un punto de ebullición esta semana con la irrupción del Partido Verde. Su coordinador electoral, Arturo Escobar, viajó a la frontera para lanzar el condicionamiento, que después matizó, de su alianza con Morena en Chihuahua a cambio de que Pérez Cuéllar fuera el candidato. “Si no, no”, condicionó.
La respuesta de la acera contraria fue casi inmediata, aunque con un tiempo de espera que debió utilizarse para pensar mejor la estrategia. Chávez se desmarcó del amago e irónicamente le deseó a Cruz “mucha suerte con el Verde”, porque su proyecto, el de ella, era el de Morena.
Arropados por grupos nacionales, hubo a todas luces una ruptura formal de la narrativa de unidad partidista. La fractura arrastró al tercer hermano de la coalición, el PT, a través del diputado federal Reginaldo Sandoval, quien salió al paso para contradecir al PVEM y alinearse abiertamente con la senadora, ante la tibieza y pleitos de las hermanas Aguilar -Tania, Lilia y América, en apariencia divididas en este proceso. Cruz se quedó en el podio acariciando el trofeo.
El encono sembrado y la ausencia de arbitraje respetado -petista, verde o morenista- perfila una encuesta interna que, lejos de resolver la candidatura, podría dejar a Morena dividido y con el bloque de la 4T fragmentado en las boletas.
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El panorama político actual en Chihuahua da otra muestra, pues, que el verdadero enemigo de los partidos no está en la esquina de enfrente, sino en el espejo propio.
El PAN corre el riesgo de perder por su característica onda grupera y la indolencia de su arbitraje en la capital a cargo del Subsecretario de Vialidad, César Komaba; Morena puede ahogarse en la víspera del éxito por la incapacidad de procesar la ambición de sus dos principales activos.
La falsa unidad como fachada, el conflicto interno como verdadero campo de batalla y la ausencia de árbitros respetados como detonante, son la marca de sus adelantadas contiendas internas, si debiéramos resumir la situación partidista actual.
En esta carrera adelantada por el poder, el que tenga la capacidad real de congelar las pasiones de sus cuadros e imponer orden será quien termine riendo al último, pero, por ahora, tanto en los pasillos de Palacio de Gobierno como en las oficinas de la 4T, lo único que se respira es el inconfundible olor a la pólvora del fuego amigo.
Y ojo con eso, porque las derrotas más costosas no siempre nacen de una mala campaña o de un mal candidato; a veces empiezan mucho antes, cuando los grupos internos confunden la competencia interna legítima -en la que no se vale lanzar los hígados negros por delante ni empeñarse en la destrucción del compañero- con la apuesta de todo o nada.
El PAN y Morena todavía tienen tiempo para corregir la ruta, pero el reloj avanza más rápido que los discursos de unidad. La fotografía de la cohesión partidista podría lograrse en las siguientes semanas, a la fuerza, pero si debajo de ella permanecen los agravios, las disputas personales y las facturas pendientes, llegará el momento en que ninguna operación cicatriz alcance para aliviar las heridas.
Las estructuras, las marcas, los nombres, podrán ser necesarios para la batalla electoral, pero sin duda es más valioso llegar con un ejército que reconozca y respete a sus generales y no esté empeñado en dinamitar sus propias filas.