Hay pueblos que nacen en la comodidad y otros que son forjados a martillazos por la geografía. Chihuahua pertenece a los segundos. Aquí no hubo concesiones de la naturaleza.
El desierto enseñó a ahorrar el agua, la sierra enseñó a resistir el frío y las distancias obligaron a aprender el valor de la palabra empeñada. Por eso, cuando hablan del carácter del chihuahuense, no hablan únicamente de identidad regional; hablan de una forma de sobrevivir.
El chihuahuense no espera milagros. Los fabrica. Tal vez por eso somos considerados una sociedad resiliente. Porque hemos aprendido a vivir en la adversidad sin convertirnos en esclavos de ella. Nos doblamos, pero rara vez nos quebramos.
Cada sequía, cada crisis económica, cada episodio de violencia o abandono gubernamental y hasta ataques oficialistas terminan revelando algo que parece genético en nuestra tierra: la capacidad de organizarnos, de resolver y de salir adelante aun cuando el panorama luce imposible.
El escritor e historiador José Fuentes Mares hablaba del “criollo chihuahuense” como un hombre marcado por la frontera, por la inmensidad del territorio y por una feroz conciencia de libertad. Esa idea sigue vigente.
Aquí el horizonte es tan amplio que obliga a pensar en grande. Chihuahua no permite espíritus pequeños. El tamaño del territorio termina moldeando el tamaño del carácter.
El chihuahuense puede parecer duro en las formas, seco en el lenguaje y hasta áspero en el trato, pero pocas sociedades responden con tanta rapidez cuando alguien necesita ayuda.
En Chihuahua la solidaridad no suele anunciarse con discursos; se demuestra cargando costales durante una inundación, organizando colectas para una familia afectada o llevando comida caliente cuando el invierno golpea con crueldad. El carácter del norte se construyó además en medio de guerras, revoluciones y aislamiento.
No es casualidad que esta tierra haya sido escenario decisivo de movimientos históricos nacionales. Aquí se aprendió desde hace mucho tiempo que la supervivencia depende más de la voluntad que de las circunstancias.
Incluso académicos contemporáneos han estudiado cómo la historiografía chihuahuense se ha desarrollado alrededor de conceptos como resistencia, civilización y fortaleza regional. Investigaciones de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez señalan que la identidad de Chihuahua está profundamente ligada a la confrontación constante con entornos hostiles y a una cultura de adaptación permanente.
Y quizás ahí está el secreto de nuestra resiliencia: en la costumbre de enfrentar lo difícil. Porque el chihuahuense está acostumbrado a que nada sea sencillo. Sembrar en medio de la sequía. Abrir caminos donde no los había. Levantar negocios en crisis. Cruzar horas enteras de carretera para sacar adelante a la familia. Vivir bajo temperaturas extremas y aun así levantarse temprano a trabajar.
La resiliencia aquí no es una moda psicológica ni una frase de autoayuda. Es una necesidad histórica. Cuando Chihuahua enfrentó los años más oscuros de violencia, el mundo entero la veía como una entidad derrotada.
Sin embargo, la propia sociedad encontró mecanismos para reconstruirse desde la cultura, la educación y la participación ciudadana. Estudios sobre la literatura fronteriza han documentado cómo el humor, incluso en los peores momentos, funcionó como herramienta colectiva de resistencia emocional. Eso también es Chihuahua: la capacidad de reír en medio de la tormenta.
Porque aquí el sufrimiento no se romantiza, pero tampoco se utiliza como excusa eterna. El chihuahuense suele entender que lamentarse demasiado tiempo no resuelve nada. Hay que actuar. Hay que producir. Hay que levantarse.
Quizá por eso esta tierra genera empresarios obstinados, agricultores ingeniosos, maestras que recorren kilómetros imposibles, médicos rurales, ganaderos que desafían la sequía y familias enteras capaces de reconstruirse después de perderlo todo.
Chihuahua es una tierra dura, sí. Pero precisamente por eso forma gente fuerte.
Y aunque muchas veces desde el centro del país nos miren solamente como territorio lejano, desértico o fronterizo, quienes vivimos aquí sabemos algo fundamental: la adversidad no nos reduce; nos agranda.
Porque el chihuahuense tiene una extraña costumbre de crecerse ante el problema. Mientras otros esperan soluciones caídas del cielo, aquí solemos arremangarnos la camisa y empezar a construirlas con nuestras propias manos. Lo estamos viviendo ahora. Y estamos listos para defender lo que tengamos que defender. Al tiempo.
Con notas de erevistas.uacj.mx, Diario de Juárez, Textos de José Fuentes Mares.