La sorpresa política de la semana fue el resultado de las elecciones intermedias en Estados Unidos. El Partido Republicano sufrió una derrota mayúscula: los demócratas recuperaron la mayoría tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes. Los precios de la gasolina, la economía, la guerra arancelaria y la guerra en Irán fueron las principales razones por las que el electorado norteamericano decidió darle un voto de confianza al Partido Demócrata y, al mismo tiempo, cobrarle la factura al partido gobernante.

Yo advertí desde hace algunos meses que los demócratas ganarían el control de la Cámara Baja, pero nunca pensé que obtendrían también el del Senado. Los números hablan por sí solos: voltearon a su favor siete escaños en el Senado y cuarenta y dos asientos en la Cámara de Representantes. Ganaron, además de Texas, Estados complejos como Iowa y Kansas, y en Florida los márgenes de triunfo de los republicanos fueron muy reducidos, sobre todo si se comparan con los márgenes con los que ganaron los demócratas en otros Estados o distritos. Una vez más, en política nunca hay nada escrito.

Resulta extraño que el resultado haya sido este sin un liderazgo claro dentro del Partido Demócrata. A diferencia de otros años, hoy no existe un Barack Obama, un Bill Clinton o un actor político de talla comparable que represente de manera indiscutible a esa corriente. Hay figuras relevantes, como Gavin Newsom, Gobernador de California; Jon Ossoff, Senador por Georgia; o Jay Robert Pritzker, Gobernador de Illinois, pero ninguna ocupa el lugar que en su momento ocuparon Clinton u Obama. Estamos a dos años de la próxima elección presidencial, por lo que alguna de estas figuras debería ser ya más conocida entre el electorado.

Newsom, quien ha sido el opositor más claro a las políticas de Donald Trump, tuvo un momento de flaqueza al admitir que, si Kamala Harris decidía competir, no sería él quien dividiera al partido. Me parece extraña esa postura, pues quien más ha hecho por minar el poder del Presidente ha sido Newsom y no Harris, quien resultó vilipendiada por Trump en la elección de hace dos años. Kamala no es garantía de triunfo y, hasta ahora, tampoco está haciendo nada para construirlo a dos años de la contienda. El Partido Demócrata ganó esta vez sin un caudillo; la pregunta es si podrá repetirlo con un candidato que todavía no se distingue.

Por su parte, el Partido Republicano cometió errores muy básicos. El caso más claro es Texas. John Cornyn, Senador republicano por ese Estado, perdió la elección primaria frente a Ken Paxton, un personaje cuestionado que contó con el respaldo del Presidente Trump y que ha sido acusado de diversos actos que el electorado no perdona, entre ellos el juicio político que enfrentó en el Senado estatal y del cual salió absuelto. El elector decidió cobrarle esa factura al Partido Republicano eligiendo como Senador por Texas a James Talarico, exprofesor y seminarista cristiano, que ocupará el mismo cargo que en su momento ostentó Lyndon Baines Johnson, quien llegó a ser Presidente de Estados Unidos. Con ello, los demócratas ganaron un escaño en el Senado por Texas por primera vez desde 1988.

Talarico encabezó una campaña mediática agresiva y costosa. La contienda entre él y Paxton costó cerca de quinientos millones de dólares, según cifras de la prensa norteamericana, una cantidad que da idea de lo que estaba en juego, no solo para Texas, sino para el control del Senado.

La ola demócrata en Texas no terminó ahí. La candidata a la gubernatura, Gina Hinojosa, de ascendencia mexicana, resultó electa Gobernadora, con lo cual los demócratas vuelven a gobernar un Estado que no tenían desde Ann Richards, quien dejó el cargo en 1995. Talarico e Hinojosa ganaron sus respectivas elecciones en un Estado que durante décadas se consideró un bastión republicano. Esto demuestra, de nuevo, que en política nada está escrito.

También dentro de esa ola, el cantante mexicoamericano Bobby Pulido ganó la elección como representante por el Distrito 15 de Texas, cuya ciudad principal es McAllen. Pulido venció a Mónica de la Cruz, representante republicana de ese distrito. La fama del cantante le dio el empujón, pero fue su discurso a favor de los migrantes lo que le concedió el favor de los electores, en su mayoría de origen mexicano.

En California, el exsecretario de Salud, exprocurador estatal y exrepresentante Xavier Becerra, también de origen mexicano, resultó electo Gobernador. En realidad, no fue una sorpresa, pues California siempre ha sido un bastión del Partido Demócrata. Becerra vendrá a continuar el trabajo de Newsom en el Estado más importante de la Unión.

Los riesgos para la Presidencia de Donald Trump son ahora considerables, con un Congreso en contra. Para empezar, ningún nombramiento de secretarios, magistrados, jueces o incluso embajadores será avalado de forma sencilla en el Senado. Es previsible un bloqueo en cualquiera de estas designaciones, tal como lo hicieron los republicanos en 2016, cuando Obama nominó a Merrick Garland a la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos y el Senado simplemente se negó a procesar la propuesta. Además, el paquete económico del Presidente podrá ser detenido por la oposición, y las investigaciones desde ambas cámaras serán una constante.

Las amenazas de un eventual juicio político (impeachment) estarán siempre latentes y tendrán un gran impacto mediático, pero sin posibilidades reales de prosperar: los demócratas cuentan con cincuenta y cuatro senadores, trece menos de los sesenta y siete que se requieren para destituir al Presidente. No quiere decir que no vaya a existir golpeteo político, pero por ese lado Trump está seguro.

Respecto a México, un Presidente con menos fuerza en el Congreso puede reaccionar de dos maneras. La primera es que, con tal de llevar la fiesta en paz con el Congreso, Trump decida dejar de presionar al gobierno mexicano por los vínculos de Morena con el crimen organizado. Sería una mala noticia para los mexicanos. Si bien México no es hoy una prioridad para el gobierno norteamericano, muchos veíamos que, en un país lleno de injusticias como el nuestro, la justicia norteamericana podía dar algo de luz.

La segunda posibilidad es que Trump necesite dar un golpe de timón y buscar legitimidad, y esta se consigue señalando a los malos. En ese caso, México es el blanco perfecto para esa acusación: un vecino cercano y de fácil señalamiento. Cualquiera de los dos escenarios debería obligar al gobierno mexicano a prepararse con seriedad, en lugar de confiar en que la relación se resolverá por inercia.

A pesar de que los demócratas ganaron la elección de manera indiscutible, la política exterior sigue conducida por el Ejecutivo, y al Ejecutivo le quedan todavía dos años de poder. Será un periodo de contrapesos reales en Washington, pero no de parálisis total, y México tendrá que leerlo con cuidado.