“Las grandes transas siempre tienen el visto bueno del Presidente. [Dicen] que él no se entera, el Presidente se entera de todo, tiene toda la información. Si arriba no hay corrupción, abajo tiene que haber honestidad, ese es el ejemplo que vamos a dejar establecido”. AMLO
Combatir la corrupción: el trampolín político, lo que inició como una cruzada moral para “barrer las escaleras de arriba abajo” terminó por edificar un nuevo escalafón donde la simulación sepulta a la transparencia. A ocho años de distancia, las prácticas clientelares y el desvío de recursos públicos lejos están de extinguirse; se han institucionalizado como el verdadero motor de promoción y permanencia en el poder. La acumulación de auditorías reprobadas, el abuso de adjudicaciones directas y el flujo constante de escándalos de alto perfil evidencian que el fenómeno no solo persiste, sino que se ventila con una frecuencia y magnitud que supera los periodos más opacos del pasado.
La construcción del triunfo electoral de 2018 se basó en una magistral capitalización del agravio ciudadano. A través de la denuncia sistemática de hitos de la opacidad como la "Casa Blanca" y la "Estafa Maestra", López Obrador y Morena se erigieron como la única alternativa moral para sanear las instituciones. Aquella impugnación frontal a los abusos del viejo régimen resonó con fuerza en una sociedad hastiada por la impunidad, consolidando el combate a la corrupción no solo como una oferta de campaña, sino como la fuente primordial de su legitimidad política.
Por desgracia, la corrupción no se destruye, solo se transforma. El ecosistema político actual demuestra que el cambio de régimen fue, en realidad, un mero relevo de rostros; e incluso, en los casos más cínicos, una burda mudanza de los mismos personajes del pasado. Actores que ayer operaban bajo otros colores hoy portan la careta oficial del puritanismo gubernamental. Aquellos que en el discurso previo eran señalados como el emblema de la podredumbre, han sido absueltos por el bautismo del poder: hoy caminan libres de culpa, convertidos en intocables con licencia para seguir operando e investidos, por paradójico que resulte, con la autoridad moral para señalar a otros desde el mismo púlpito que antes los condenaba.
El discurso oficial presume una purificación pública que la terca realidad desmiente con datos duros. Para los especialistas, la corrupción del presente ha rebasado los peores excesos del pasado: el fraude sistémico en Segalmex o los sobrecostos del Tren Maya palidecen ante un submundo criminal más profundo, caracterizado por el contrabando institucional de combustibles en aduanas navales y la infiltración del narcotráfico en las altas esferas del poder. El colmo de este cinismo estalla en Tabasco con la caída del jefe policial ligado al hoy senador Adán Augusto López, señalado como líder de un grupo delictivo. A esto se suman los nexos de Amílcar Olán con la élite presidencial para operar contratos públicos multimillonarios en diversos ramos del gobierno, el blanqueo de activos en las bancadas oficialistas y un nepotismo arraigado que termina por quebrar el lema lopezobradorista de la “honestidad valiente”.
El desplome moral del régimen se corona con el escándalo que dinamitó la credibilidad del árbitro electoral: la imputación de la Auditoría Superior de la Federación contra Guadalupe Taddei por el presunto desvío de miles de millones de pesos mediante contratos simulados. Aquella vieja “mafia del poder” que tanto se denunció parece hoy un juego de principiantes; ante la voracidad del nuevo diseño institucional, Lucky Luciano habría parecido un simple aficionado.
Pobre México, sigue creyendo en cuentos de hadas. Detrás de la propaganda oficial, el país enfrenta una crisis sistémica: la seguridad pública está de rodillas, el sistema de salud en ruinas y la justicia secuestrada. Vivimos el repunte histórico de la violencia de género, el azote de las adicciones y un narcotráfico que expande su dominio territorial sobre una infraestructura nacional obsoleta y en constante deterioro. Ante el mundo, el país pierde toda credibilidad, asfixiado por una corrupción institucional que opera sin frenos. La paradoja del régimen actual se explica con sus propias palabras, como sentenciara el expresidente López Obrador en su característico diagnóstico del poder: “Las grandes transas siempre tienen el visto bueno del Presidente. [Dicen] que él no se entera, el Presidente se entera de todo, tiene toda la información. Si arriba no hay corrupción, abajo tiene que haber honestidad, ese es el ejemplo que vamos a dejar establecido”. Bajo esa misma lógica, la verdad salta a la vista: si la corrupción impera abajo, es porque arriba se sigue otorgando el visto bueno. Sumemos Voces.