Ciudad Juárez.- En esta ciudad 3 mil 806 parejas contrajeron matrimonio entre enero y agosto de este año; en ese mismo periodo se registraron 2 mil 311 divorcios. Los datos fueron dados a conocer por la coordinadora del Registro Civil, Karla Gutiérrez, en una nota de Estrella Montaño para El Diario. La primera cifra supera a la segunda. Hasta ahí llega la resta. Lo que ocurre dentro de esos matrimonios exige una pregunta bastante más difícil.
Tampoco conviene confundir a quienes se divorciaron este año con quienes se casaron este año. Son parejas distintas, con historias que comenzaron en fechas distintas. Ni podemos afirmar que hoy se casa más gente o se divorcia menos que antes: para eso necesitaríamos comparar los mismos meses de otro año. Las cifras cuentan trámites; no leen corazones. Sería muy cómodo pedirle al Registro Civil que también nos entregara una radiografía del alma, pero ése todavía no es uno de sus servicios.
La pregunta es ésta: ¿qué mantiene unidos a dos seres distintos?
Hay quienes ven las diferencias de carácter, deseos o temperamento como una falla de origen. Si ella piensa de una manera y él de otra, concluyen que tarde o temprano se separarán. No necesariamente. La diferencia no rompe la unidad; puede enriquecerla. El problema aparece cuando ninguno reconoce un bien común capaz de ordenar lo que cada uno quiere. Entonces, dos personas pueden vivir bajo el mismo techo y marchar en direcciones opuestas.
Ser uno jamás ha significado ser idénticos. Significa que aquello que une tiene autoridad sobre aquello que divide. Cuando ambos conservan el derecho de decidirlo todo a partir de su propia satisfacción, el matrimonio deja de ser una unión y se convierte en una negociación permanente entre dos soberanías. Cada desacuerdo parece una invasión territorial. Cada concesión, una derrota. Y cada conversación corre el riesgo de terminar en un tratado de paz que nadie piensa cumplir.
La imagen es la de un barco al que le falta el mástil. Las velas siguen ahí y el viento también, pero ya no hay un eje que permita aprovecharlo para llegar juntos a alguna parte. El amor entendido sólo como emoción puede impulsar la salida; difícilmente basta para sostener el rumbo cuando vienen el cansancio, la escasez, la enfermedad o la rutina. Para eso hacen falta voluntad, responsabilidad, perdón y un propósito que valga más que la victoria personal en la discusión del martes.
La filosofía llamó bien a aquello hacia lo cual se ordena una vida. La fe reconoce en DIOS el Bien Supremo. Desde esa mirada, el matrimonio necesita más que dos voluntades que hoy se eligen: necesita una unidad que les recuerde por qué habrán de seguir eligiéndose cuando hacerlo cueste. Si el yo ocupa el lugar más alto, el otro termina reducido a instrumento de mi bienestar. Y cuando deja de servirme, comienzo a preguntarme qué hago todavía a su lado.
No estoy diciendo que cada divorcio responda a esa historia. Hay rupturas, en algunas parejas juarenses, atravesadas por violencia, abandono y daños frente a los cuales permanecer puede ser peligroso. Nadie debe usar la palabra «unidad» para exigirle a una víctima que soporte lo insoportable. Precisamente por tomar en serio el matrimonio, debemos tomar en serio la dignidad y la seguridad de quienes lo integran.
Pero tampoco podemos fingir que toda separación se explica por circunstancias extremas. Nuestra época sabe enseñar a las personas a expresar lo que desean; le cuesta mucho más enseñarles a compartir una vida con alguien que no desea siempre lo mismo. Se habla de compatibilidad como si fuera una pieza de fábrica. La convivencia, en cambio, exige aprender a gobernar el orgullo, cumplir la palabra y trabajar por un bien que ninguno puede construir solo.
La fractura comienza antes de aparecer en una sentencia. Puede empezar cuando dejamos de escucharnos, cuando el dinero se vuelve secreto, cuando se desprecia al otro delante de los hijos o cuando cada cual lleva una contabilidad minuciosa de lo que ha dado y una memoria bastante selectiva de lo que ha recibido. El divorcio legal pone fecha a una separación que, a veces, llevaba años instalada en la mesa.
Por eso las bodas y los divorcios de esta ciudad merecen algo más que un titular optimista o alarmista. Nos recuerdan que todavía hay personas dispuestas a unirse y otras que no pudieron, no quisieron o no debieron continuar unidas. Las estadísticas no permiten dictar sentencia sobre ellas. Sí nos permiten mirar a nuestra propia casa y preguntarnos qué ocupa el centro de nuestras decisiones.
Una sociedad dividida puede celebrar miles de matrimonios sin haber aprendido a ser uno. La tarea no empieza el día que se firma el acta ni termina cuando se guarda el álbum de bodas. Empieza cada vez que dos personas ordenan sus diferencias hacia un bien compartido y deciden que ninguna de las dos será el centro absoluto. Porque cuando cada uno corta la cuerda que lo sujeta al otro, no deberíamos sorprendernos de ver el barco a la deriva. Así es, El Meollo del Asunto.