Venía del llano mi tío Humberto, a lomo de caballo, en una tarde lluviosa ya casi pardeando, absorto en los apuros que traía acumulados y con la preocupación de los pendientes del rancho, cuando sintió un tirón en las riendas.
“¡Ah, carajo! ¿Qué fue eso?”. –Pensó sorprendido ahí, a mitad del llano. No había árboles ahí, ni táscates o jarillas que se pudieran haber atorado, sino el llano puro.
Mi tío no supo cómo, pero un niño pequeño, tal vez de unos cinco años, bajito y seco a pesar de la regular lluvia que ya tenía todo el día cayendo, le había jalado la rienda del lado derecho. “¿Y cómo? ¿trae un gancho este niño?”. —Interrogó en silencio, porque no había manera de que el chamaquito alcanzara con la mano las correas del corcel.
Sin dar tiempo a respuestas, el niño seco le preguntó de inmediato: “¿Me lleva con mi mamá, señor?”, al tiempo que lo miraba con ojos de angustia y dolor.
Miedo, lo que se dice miedo, dice mi tío que nunca antes había sentido, no al menos así, con la sangre bajándosele a los pies, las manos inmovilizadas como los propios ojos que se le quedaron fijos en un punto del suelo. Éste sí era miedo, no cualquier temorcillo de segunda mano, asegura Humberto.
Los cabellos de la nuca y de los brazos se le erizaron, tal y como él había escuchado que les sucedía a las víctimas de apariciones horrorosas.
En cosa de dos segundos, el niñito ya no estaba ahí. “Esto es cosa del diablo, ¿qué me está pasando? ¿Me estoy imaginando cosas?”.
El hombre no era supersticioso, y hasta se reía de los cuentos de brujas y de espantos, pero en ese momento estaba dudando más que seriamente de esas convicciones.
Fue entonces que recordó toda la historia que le había contado un su compadre en el caserío anexo al potrero. Resultó que el niño fantasma era el mismo que, unos treinta años atrás, se había caído en una noria en el llano. Era una familia que, en pleno tiempo de aguas, como ahora, se había ido a vivir temporalmente en una de las cabañitas que hay aquí para las ordeñas y como refugio para los pastores y vaqueros. La idea era ordeñar vacas para los quesos y, como es costumbre en esta región, entre los hombres juntaban toda la leche que se podía, para llevarla a la casita, donde las mujeres hacían la mezcla con suero rico y con las cascaritas y las semillas del trompillo, o bien con cuajo industrializado. Quesos y quesos salen, hasta unos 35, 40 o 50 kilos por familia en esa breve temporada en que los pastos están turgentes de verdor y de humedad, y las vacas gordas de tanta abundancia.
El niño, que tendría unos cinco años, se quedaba con las mujeres en la cabañita, pero como era natural, hacía viajes de exploración todo alrededor, ¡al fin niño! Pues en una de ésas, los juegos lo llevaron a las inmediaciones de la noria que está pegada a la puerta del potrero. La madre del niño se preocupó por su seguridad, y tan a distancia como estaba, le pareció que el chamaco estaba en peligro... se puso histérica y corrió en pos del infante, pero los gritos desubicaron al niño, y entonces, sin haber estado realmente en riesgo ninguno, dio unos pasos hacia atrás y cayó en el túnel de la noria.
Desgañitábase la madre, y al llegar por poco no se arrojó ella misma para rescatar al hijo, quien después de algunos gritos y pataleos, se hundió en el agua y se ahogó.
Ahora, sobre todo en días de lluvia, casi al pardear la tarde, el niño muerto, quien se supone que quedó atrapado entre la muerte real y su infantil apego por su madre, vaga en busca de ella, preguntando a quienes encuentra en el camino:
“¿Me lleva con mi mamá, señor?”.