Chihuahua —la ciudad, no el miniperro ni el Estado (aunque los tres comparten una inquebrantable resistencia al sentido común)— es un lugar peculiar, casi místico, donde el tiempo no se detiene, simplemente se sienta a echar una siesta.
Fundada allá por 1709, como quien dice por error y sin GPS, la ciudad de Chihuahua nació como un remanso para mineros, comerciantes, despistados y uno que otro prófugo de la Santa Inquisición. Desde entonces, ha perfeccionado el arte de vivir como si no pasara nada, aunque pase de todo. Porque aquí, querida lectora, gentil lector, hasta el calor tiene agenda: empieza en marzo y termina, más o menos, cuando Dios se acuerda de que existe el otoño.
Aquí fusilaron a don Miguel Hidalgo, nada menos. El Padre de la Patria tuvo la desgracia de caer en manos del enemigo y terminar en Chihuahua, lo cual es doble tragedia. No conforme con ejecutarlo, se les ocurrió exhibir su cabeza, como si fuera trofeo de feria. Así de refinados eran los chihuahuenses de antaño: de moral estricta, honor recio y sensibilidad de verdugo.
Luego vinieron los franceses, los revolucionarios, los villistas, los cristeros y, más recientemente, los baches con nombre propio, así como una interminable riada de migrantes. Chihuahua ha sido escenario de guerras, marchas, promesas pendientes de cumplir, campañas políticas y la ocasional nevada que saca a relucir lo mejor del caos local.
Aquí puedes desayunar burritos con una Coca Cola bien fría salidos, ambos, de una hielera color roja con asa y tapa blancas y salir de misa a las once de la mañana con sombrero y botas. El centro histórico es una mezcla entre sitio arqueológico y set de película low-budget, pues sus callejuelas son como la trama de una telenovela: largas, lentas y con giros absurdos.
Los semáforos funcionan como quieren, los conductores casi manejan y los peatones cruzan como si tuvieran pacto con San Cristóbal (patrón de los viajeros), por no hablar del transporte público, ese noble concepto que aquí es una especie en peligro de extinción, sobreviviente de los 90 y con la gracia de un triciclo oxidado.
El chihuahuense promedio es recio, directo, noble de corazón, pero con lengua afilada (lo digo por mí, que conste); se ríe de la desgracia y sobrevive al calorón con un vaso de “raspado” (que es hielo con jarabe y bacterias, pero se consume como si curara el alma). Su sentido del humor raya en el cinismo, y si no se ríe de la vida, es porque está enojado con alguna autoridad.
Aquí todos se conocen, o al menos conocen a alguien que conoce a alguien que fue novia de un empresario que es amigo, de un amigo, de oootro amigo. El chisme circula más rápido que el WiFi —y con mayor precisión, si cabe—. No hay secreto que sobreviva a una carne asada ni reputación que se salve después de tres “chelas” bien heladas.
Ciudad de aspiraciones eternas, Chihuahua tiene su Paseo Bolívar que huele a nostalgia y mezcal caro, su Plaza de Armas donde todavía canta algún trovador con voz rota; su Presa “El Rejón”, que es como Cancún para quien no tiene visa ni presupuesto; y el maravilloso e ilustre Distrito Uno, esa fantasía urbanística donde se simula modernidad con “bistrós” carísimos, bicicletas que nadie usa y banquitas de diseño escandinavo, todo mientras a unas cuadras, el pavimento sigue más parchado que promesa de campaña morenista. Distrito Uno, la Suiza chihuahuense… siempre y cuando uno no levante la vista más allá del Starbucks; rincón donde la élite local se siente cosmopolita por pedir “latte con leche de almendra”, pagar quinientos pesos por dos méndigos tacos y creer que el WiFi caro y el aire acondicionado pueden borrar de su memoria los quince minutos de tráfico infernal que cuesta llegar hasta ahí.
Chihuahua es esta ciudad donde todos se quejan, pero nadie se va porque, a pesar de todo —del calorón, del polvo y del tráfico inclemente—, hay algo entrañable en esta tierra. Tal vez sea su terquedad para seguir en pie, su sentido del humor o esa forma única de hacerle frente a la vida con una ceja alzada y una carcajada a medias; porque Chihuahua no es bonita, ni funcional, ni moderna, pero es nuestra desde el fondo del corazón y eso, en estos tiempos, ya es mucho decir.
Por cierto, el Paseo Bolívar está ubicado entre las avenidas Ocampo e Independencia y tiene su historia particular; al día de hoy ya nos prometieron que se convertirá en un gran complejo cultural, donde además de albergar el nuevo Conservatorio de Música, también tendrá diversas atracciones, así como la rehabilitación del icónico “Parque del Arte” o “Parque Vallina”, pero esa, ésa es otra historia que contaré en la próxima entrega.
Todo porque no me place hablar de campañas electorales ni de esos funcionarios públicos con ínfulas —venidos a más gracias a la casualidad, a la providencia o a la lástima (o todo junto)—, metidos de cabeza en el fraude y el chanchullo electorales para sacar adelante la candidatura de su hermana, prima o comadre.
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Luis Villegas Montes.
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