Financiarse con la tarjeta de crédito, porque no le quedó de otra después de los eternos cierres de la pandemia en 2020 y las condiciones críticas que le siguieron, fue de los peores errores de Lalo, propietario de un negocio de comida con apenas 12 empleados y un par de familiares que le ayudaban prácticamente gratis.
La crisis sanitaria lo dejó sin ahorros, descapitalizado por pagar unas pocas semanas un sueldo mínimo a sus colaboradores sin poder trabajar, además de los impuestos, el plástico del banco que ya utilizaba y los gastos familiares.
Quedó en números rojos y luego pudo al menos ponerse en ceros, después de deshacerse de un carro y sacar lo que pudo de un ahorro de largo plazo que era una especie de fondo de retiro en el que Lalo había comenzado a pensar, ya entrado en su cuarta década de vida.
La reapertura de la economía no fue suficiente para volver a despegar. Ahí fue cuando recurrió a la tarjeta de crédito que tenía a la mano, pues carecía de cualquier otro financiamiento de los bancos; calculó mal, a pesar de que ya tenía un antecedente de cómo se dispara el costo del crédito con la tasa de interés alta, en niveles del 8.25 por ciento, como estuvo entre el cierre de 2018 y el arranque de 2019.
Hizo malabares con el plástico para echar gasolina y comprar suministros a Costco, Sam´s y la Central de Abastos, cubrir el gasto de agua, luz, teléfono e internet, e incluso hasta para pagar partecitas de la nómina, con la idea de que el negocio daría lo que daba antes.
No ha podido recuperarse a casi cinco años del cierre ocasionado por la pandemia, al contrario. Sobrevive el día a día y abona a una deuda que ha crecido como bola de nieve.
No podría ser otra la situación, después de que el referencial del costo del dinero, que fue en picada del seis al cuatro por ciento en aquel año, se disparó a niveles históricos y excepcionalmente altos, hasta el 11.25 por ciento con el que cerró en 2023 y comenzó 2024.
La historia seguramente se repite en el pequeño comercio local, así como en las empresas de todo tipo, asfixiadas junto con los consumidores por inflaciones anormalmente altas de los últimos años, intereses que mermaron como nunca el acceso al crédito y gasolinazos que ya no se llaman así en la era de la 4T, pero persisten hasta la fecha.

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El choque inflacionario tras el impacto de la pandemia, exacerbado con la guerra en Ucrania y las tensiones geopolíticas subsecuentes, demandó una respuesta fuerte de política monetaria del Banco de México (Banxico): en 15 anuncios consecutivos elevó la Tasa de Interés Interbancaria de Equilibrio a niveles jamás vistos.
El enfriamiento de los motores económicos era necesario, obligado, ante niveles también récord de inflación que, por fortuna y malestar de quienes viven para odiar a Andrés Manuel López Obrador, no tuvieron como antes un componente interno nacional. Toda fue inflación generada fuera del país, importada.
Esa espiral de inflación, en otro momento político de México, seguramente habría desbordado si desde la Presidencia de la República no hubiera un manejo disciplinado y firme de las variables macroeconómicas o si no se hubieran frenado los apetitos neoliberales, esos que en cada crisis veían una oportunidad... de enriquecimiento para unos cuantos privilegiados.
Pese a que el fenómeno careció de un componente interno, afectó todas las dinámicas productivas nacionales, pegándole al empleo, a los servicios, al consumo y a los ingresos en general. En terrenos fronterizos como Chihuahua la afectación fue más dolorosa por algunos meses.
Ciertamente el índice inflacionario, que llegó a un tope del ocho por ciento en 2022, no tiene comparación con aquellos registros añejos -sin entrar a las grandes y graves crisis de los años 80- como la de 1996 de casi el 30 por ciento o la de casi 10 por ciento del año 2000.
Sin embargo, esos niveles postpandemia fueron factor principal de estrés de los agentes económicos y desconcertaron a las familias con los aumentos en los precios de los básicos, en particular a las clases más pobres, con el incremento de precios de los alimentos.
Estas subidas se han manifestado en los costos de las empresas, obligadas a tomar las alternativas más complejas: aumento de precio de los productos, recorte de personal, disminución de salarios, apalancamiento descontrolado que eventualmente puede dirigir a una quiebra, entre otros.
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Todo ello, finalmente, impacta en la confianza y la percepción de los consumidores, tanto en el análisis meramente económico al interior de los hogares, como en el juicio que hacen los ciudadanos de las acciones gubernamentales para contrarrestar los efectos nocivos de la inflación.
Aquí es donde las gasolinas, bajo el monopolio gubernamental y ambigüedades de una reforma energética que nunca fue, caben como otro factor asfixiante de la economía.
El precio del combustible de mayor consumo, la Magna de Pemex o la regular importada, equivalentes en el octanaje, ha pasado de un peso por litro en promedio en el sexenio de Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), a 24 pesos por litro en la administración actual de Claudia Sheinbaum.
Desde luego, no han sido iguales los incrementos, tanto por decisiones políticas como de variaciones del mercado.
Durante el gobierno de Ernesto Zedillo, el alza acumulada fue de 238 por ciento, en comparación con el promedio de su antecesor, con inflaciones de doble dígito cada año; con Vicente Fox el incremento fue de un 62 por ciento, con una inflación general acumulada por encima del 30 por ciento en su sexenio.
Con Felipe Calderón como presidente, el alza de los combustibles alcanzó el 40 por ciento, con inflaciones anuales que, sumadas, también llegaron al 30 por ciento; y con Enrique Peña Nieto la gasolina aumentó un 68 por ciento, por encima del 28 por ciento de inflación acumulada de su periodo.
En el cambio de régimen de 2018, con López Obrador por delante, la dinámica no fue distinta. Llevó a un incremento en el costo del combustible de un 43 por ciento, aun con la política de subsidio al consumo, mientras que la inflación acumulada en el sexenio rebasó el 33 por ciento.
En el periodo de su sucesora, instalada por el tabasqueño, el alza en este primer semestre es del 17 por ciento, con un índice inflacionario a la baja, ahora que empiezan a notarse con mayor claridad los impactos de la política monetaria dictada por Banxico, encaminada a llevar la inflación a un sano y favorable tres por ciento para el año próximo.

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En el momento actual, también crítico como en tiempos de la pandemia, pero con presiones inflacionarias vinculadas a otros fenómenos, la tasa de interés sigue manteniéndose como factor de estrés y desincentivo para las inversiones.
La última decisión de política monetaria, anunciada apenas el jueves, es un recorte que puede interpretarse como mucho y poco al mismo tiempo, porque mantiene la tasa en niveles excepcionalmente altos, a la vez que disminuye en un inusual nivel de 50 puntos base.
Las seis bajas acumuladas, que han llevado al referencial del 11.25 a un nueve por ciento en dos años, de febrero de 2023 a marzo de 2025, no se comparan todavía a las 15 alzas sumadas también en un par de años, de junio de 2021 a marzo de 2023; la reducción no ha logrado encender la ralentizada economía nacional, como el incremento pudo controlar los choques inflacionarios.
Así, la bajada es mucha porque puede originar salida de los capitales del país, al perder el atractivo de altos rendimientos; pero es poca, también, porque la tasa sigue siendo altísima en relación al índice inflacionario actual, que ronda el cuatro por ciento.
En efecto el mandato de Banxico es controlar la inflación y su herramienta es la decisión de política monetaria, pero mantener elevada la tasa en el momento actual, resulta pernicioso para quienes quisieran invertir tomando créditos de la banca comercial.
En este contexto sufren tanto los corporativos grandes de todos los sectores económicos como las pequeñas y medianas empresas; ganan, en cambio, los bancos que siempre reportan utilidades por encima del rendimiento de cualquier otro negocio, así como los especuladores financieros que, sin producir algo tangible, apuestan en las bolsas o juegan con las divisas, tanto las tradicionales como las criptos basadas en tecnologías digitales.
Así, desde la economía de los hogares más modestos hasta las empresas productivas, no las del sector financiero, están a expensas de una flexibilización mayor de la política monetaria, que es factible, pero no en el nivel que demandan las necesidades actuales.
Además, están a expensas a que la relación México-Estados Unidos tome de nuevo su nivel, situación que descansa principalmente en Donald Trump y Claudia Sheinbaum; de sus decisiones, negociaciones y acuerdos, que tienen un nuevo punto de inflexión en esta semana con la política arancelaria, depende en gran medida un bienestar duradero o una agudización de los problemas.