Hay algo profundamente inquietante cuando la historia comienza a repetirse con distintos nombres, uniformes o justificaciones.
La Inquisición tuvo a Torquemada; Venezuela a Hugo Chávez; la educación autoritaria tuvo su propia banda sonora con Roger Waters; y hoy México debate nuevas reglas bajo el nombre inocente de “defensa de las audiencias”.
No son fenómenos iguales. Sería absurdo decirlo. Pertenecen a épocas, sistemas políticos y circunstancias completamente diferentes. Pero existe una coincidencia que debería preocuparnos: cuando el poder pretende decidir qué puede pensarse, decirse o escucharse, la libertad comienza a perder ladrillos.
Tomás de Torquemada se convirtió en símbolo de la intolerancia religiosa y del uso de la Inquisición para perseguir aquello que se consideraba herejía. Estructuró un aparato inquisitorial que investigaba, interrogaba y castigaba a quienes se apartaban de la ortodoxia. La inquisición también desarrolló mecanismos de control sobre los libros y las ideas consideradas “peligrosas”.
El problema era algo más profundo que castigar un delito: pretender que una autoridad tuviera la facultad de determinar cuál era la verdad y cuál era el pensamiento permitido. Y cuando una sociedad acepta que alguien tenga ese poder, la libertad empieza a morir mucho antes que las personas.
Siglos después apareció otro escenario, con otro lenguaje y otra bandera: el chavismo. Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela en 1999 mediante elecciones y durante años conservó un amplio respaldo popular. Muchos venezolanos depositaron en él la esperanza de transformar un sistema político que consideraban agotado. El problema comenzó cuando el poder dejó de tolerar la crítica.
La decisión de no renovar en 2007 la concesión de Radio Caracas Televisión, RCTV, fue considerada por Human Rights Watch un grave golpe a la libertad de expresión. La organización documentó que el gobierno utilizó sus facultades regulatorias para castigar a un medio por su línea crítica y que posteriormente otras restricciones legales favorecieron un ambiente de autocensura.
Aquí la ironía: quienes alguna vez celebraron que Chávez llegara para hablar en nombre del pueblo terminaron, años después, viviendo las consecuencias de un sistema político y económico profundamente deteriorado.
Vale la pena hacer una mención de Roger Waters. En 1979, Pink Floyd lanzó “The Wall" y con él una de las canciones de protesta más conocidas de la historia: “Another Brick in the Wall”. No es una canción contra la educación. Era una crítica a una educación autoritaria que convertía al estudiante en una pieza más de una maquinaria destinada a uniformar, disciplinar y limitar el pensamiento crítico.
Es obligado mirar con preocupación el actual debate mexicano sobre los derechos de las audiencias. El gobierno sostiene que busca garantizar información veraz, códigos de ética y defensores de las audiencias; insiste en que las sanciones no serían por el contenido periodístico.
Defender a las audiencias es correcto. Controlar a los medios no. Una democracia necesita ciudadanos bien informados, medios responsables, derecho de réplica, combatir la mentira. Pero existe una diferencia gigantesca entre proteger al ciudadano frente a la desinformación y permitir que el gobierno se convierta en árbitro de lo que es verdadero, aceptable o políticamente conveniente.
La historia demuestra que casi ningún poder comienza diciendo: “voy a censurarte”. Empieza por: “voy a protegerte”. La Inquisición decía proteger la fe. El autoritarismo venezolano decía proteger la revolución y al pueblo. Los modelos educativos autoritarios decían formar mejores ciudadanos. Y ahora el Estado dice que quiere proteger a las audiencias.
La libertad de expresión no existe para que los gobiernos escuchen únicamente aquello que les gusta. Existe para que puedan ser cuestionados. Una democracia sin crítica es como una escuela donde todos los alumnos sacan diez porque nadie puede levantar la mano para decir que el maestro está equivocado.
Es una sociedad convertida en salón de clases. Y entonces vuelve Roger Waters a recordarnos aquello que quizá nunca deberíamos olvidar: cada vez que alguien intenta controlar el pensamiento, está colocando otro ladrillo en el muro. Torquemada puso algunos. El chavismo puso otros. La educación autoritaria también.
Y cualquier gobierno que confunda defensa de las audiencias con defensa del poder corre el riesgo de colocar los siguientes. El problema no es que haya voces incómodas. El problema sería que dejáramos de escucharlas.
Una sociedad que permite que le digan qué pensar termina perdiendo algo mucho más importante que la libertad de prensa: la capacidad de pensar por sí misma. Y cuando eso ocurre, el muro ya no está afuera. El muro está dentro de nuestra cabeza. Al tiempo.
Fuentes: Encyclopedia.com/Human Rights Watch/El Dario MX