La propuesta de pedir a los medios de comunicación que dejen de publicar nota roja parte de una idea que suena razonable solo si se mira desde el escritorio del poder y de que la violencia es un problema de enfoque, de narrativa, de exceso informativo hasta de campaña orquestada por los mismos medios.
Basta con salir a la calle, abrir los periódicos o escuchar a las familias para entender que en México la violencia no es un asunto de percepción. Es una experiencia cotidiana y sobre todo una realidad que ningún pacto de silencio podría resolver y menos es posible sin romper con la ética profesional y con la responsabilidad social del periodismo.
México no vive episodios aislados de violencia, una masacre en Salamanca, Guanajuato, donde once personas fueron asesinadas mientras jugaban futbol. El secuestro de mineros en Sinaloa en una región controlada por el crimen organizado. Ataques armados contra diputados y funcionarios. Ejecuciones múltiples en distintos estados. Enfrentamientos que obligan a cerrar carreteras y paralizan comunidades enteras. Cuerpos abandonados en espacios públicos como mensaje. No es una semana excepcional; es la rutina.
En la Ciudad de México, donde se sugirió “bajarle” a la nota roja, hay datos oficiales y registros de colectivos que hablan de más de dos mil personas desaparecidas en los últimos años. Son dos mil ausencias que no caben en ningún acuerdo editorial. Dos mil historias suspendidas entre la esperanza y la desesperación. Dos mil razones para seguir informando, aunque incomode.
Y en Chihuahua, la realidad tampoco permite simulaciones. En Ciudad Juárez, los homicidios siguen marcando el pulso de la ciudad. Ejecuciones en colonias populares. Ataques armados a plena luz del día. Personas asesinadas dentro de sus propios domicilios. Cuerpos localizados en lotes baldíos. Familias que aprenden a vivir con el miedo como parte del paisaje urbano. Son hechos y cada caso tiene nombre, historia y consecuencias, aunque muchas veces solo alcance un encabezado breve.
En la capital del estado, la violencia se manifiesta igual con la misma crudeza, aunque a veces con menos reflectores. Hallazgos de personas sin vida. Ataques armados. Desapariciones que se acumulan en carpetas de investigación sin respuesta clara. Asaltos que terminan en homicidio. La normalización del riesgo como parte de la vida diaria.
En la sierra de Chihuahua, la violencia adquiere otra forma, más silenciosa pero igual de devastadora. Comunidades desplazadas por la presencia del crimen organizado. Familias que abandonan sus casas sin denunciar por miedo. Territorios donde el Estado llega tarde o simplemente no llega. Violencia que no siempre aparece en la portada, pero que define el destino de pueblos enteros.
La lista no se detiene. feminicidios que siguen sin resolverse. Niñas y niños asesinados. Jóvenes reclutados por la fuerza o por la falta de opciones. Extorsiones normalizadas. Cobro de piso. Violencia familiar en aumento. Cárceles controladas desde dentro. Municipios donde gobernar implica negociar con el miedo. Todo eso ocurre al mismo tiempo, todos los días.
Ante este panorama, pedir a los medios que no publiquen, moderen o reduzcan la cobertura de la violencia no es un llamado a la ética, es un intento de administrar la incomodidad pública y ocultar la realidad. La nota roja no nace del morbo periodístico, nace de los hechos. No es una elección editorial caprichosa, es una consecuencia directa de un país que no ha logrado contener la violencia.
El periodismo no publica asesinatos porque quiera, sino porque ocurren. No documenta desapariciones por insistencia, sino porque se acumulan y callarlas no las hace desaparecer.
Hay, además, un riesgo mayor. Cuando se deja de contar la violencia, no se protege a la sociedad al contrario se le desarma, se le quita información, memoria y capacidad para tomar decisiones y además de exigir justicia. No publicar noticias abre espacio para una narrativa cómoda donde “todo va bien”, aunque la realidad se encargue de desmentirlo todos los días.
Hoy en México, no es posible un pacto para no publicar nota roja. No mientras existan miles de desaparecidos. No mientras haya asesinatos todos los días. No mientras comunidades enteras vivan bajo amenaza. No mientras la violencia siga siendo parte de la vida cotidiana.
La ética periodística no consiste en callar para tranquilizar al poder, sino en informar para que la sociedad se entere y no olvide.
La función de los medios no es agradar al poder ni administrar realidad, sino incomodar con la verdad. El periodismo existe para documentar lo que duele, para poner nombre a las víctimas y para impedir que la realidad sea borrada por el discurso. Si los medios callan, no se reduce la violencia, pero si se reduce la memoria y sin eso no hay exigencia, ni justicia, ni democracia y se corre el riesgo de repetir la historia y los mismos errores. En México, informar no es una opción editorial; es una obligación cien por ciento moral.